No hace falta mucho para ser feliz. A veces sólo hace falta olvidarse de todo, o acordarse de todo, para comprenderlo. Puedes escuchar una canción, ver una imagen agradable, una película, o pensar en algo que te recuerde un buen momento. Puedes estar con la mejor compañía, o estar solo. Pero eso no es importante, porque lo que necesitas siempre aparece en el momento en que menos lo esperas. Por eso, oye lo que quieras y ve lo que necesites cuando lo necesites, porque si te levantas todos los días con una sonrisa, nada podrá borrarla de tu cara. Estás aquí para ser feliz... sólo necesitas creerlo para que sea verdad. Y ahora sonríe, y fija en tu cabeza aquello en lo que estés pensando. Eres feliz.
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Aquí os dejo una pequeña reflexión sobre la vida después de tanto tiempo sin escribir. Espero que os guste.
Soy un hombre. Sólo soy un hombre, nada más que un hombre. No aspiro a ser nada más, y me siento orgulloso de ser lo que soy. Ahora mismo me encuentro de pie, suspendido, delante de un abismo, del mismo abismo al que me he enfrentado durante toda mi vida y al que no me atrevo a saltar. Quiero cruzar al otro lado, pero sé que no podré llegar hasta allí. Observo el otro lado del abismo y veo una inmensa extensión de tierras llanas cuyo final no puedo vislumbrar. La niebla cubre esa tierra, impidiendo que vea mucho más allá. Necesito llegar al otro lado, descubrir esos lugares misteriosos, pero no puedo llegar al otro lado del abismo. Estoy preso.
Una vez más, me asomo al abismo y miro a su fondo. No veo rocas. Este abismo no está hecho de piedra, de tierra. Es un abismo formado de incertidumbre, de miedo, de venganza, de cobardía. No puedo ver el fondo del abismo, ni siquiera sé si lo tiene. Y, una vez más, al asomarme, puedo notar ese frío glacial que sube del abismo y me envuelve, helándome la sangre en las venas. Una vez más, siento como si una voz fría, desesperanzadora e irresistible, me llamara desde el vacío de mi existencia, instándome a caer al vacío y, una vez más, tengo que realizar un increíble esfuerzo por no escuchar esa voz y dejarme arrastrar. La fuerza del valor me ayuda a no caer, y tengo que hacer un esfuerzo por no pensar en que tengo las mismas razones para mantenerme en pie que para arrojarme, porque sé que si lo pienso, mi cuerpo se dejará llevar.
El viento que me rodea sopla ahora más fuerte, empujándome suavemente hacia el abismo. Si tan sólo me dejara convencer…. Ahora sólo hace falta un pequeño empujón, una ligera flaqueza en mis fuerzas para que caiga a las profundidades. Y, una vez más, me echo suavemente hacia atrás. Ya no oigo las voces, ya no siento el viento empujándome. Pero las tierras al otro lado del abismo siguen atrayéndome.
Miro a mi alrededor y veo a mis compañeros en torno a mí, humanos, tan sólo humanos, orgullosamente humanos, por suerte todavía humanos. Todavía no nos hemos vuelto locos, todavía mantenemos la cordura en este monótono entorno. Tan sólo un pequeño reducto circular de tierra en el que vivir, rodeados por ese abismo infranqueable que nos atrae pero que no podemos superar. Los veo a todos asomarse, a todos alejarse y mirar a su alrededor, seguramente pensando lo mismo que yo: Si tan sólo pudiera salir de aquí; sería tan fácil, arrojarse al abismo; pero no, aún sigo siendo humano, tan sólo humano, y estoy orgulloso de serlo, y aunque me encuentre encerrado aún no estoy loco.
Una vez más, pienso que tengo que hacer algo, alejarme de allí para no caer en la tentación de arrojarme al vacío en un desesperado intento de llegar al otro lado. Pero sé que no tengo adónde ir, porque vaya donde vaya, volveré a toparme de nuevo con este vacío. Volveré a luchar esta constante batalla, volveré a alejarme, y la batalla nunca terminará… de ninguna forma. O soy demasiado valiente, o soy demasiado cobarde. Valiente como para arrojarme al vacío; cobarde como para abalanzarme hacia mi objetivo. Así que sólo espero y pienso cómo salir de aquí, pero sé que no tengo la respuesta, y en realidad no acepto que nunca la tendré.
Y mientras comienzo a alejarme del abismo una vez más, consciente de que me alejo sólo para dirigirme de nuevo al lugar donde me encuentro, veo cómo se acerca con confianza una persona erguida, vestida de ricos ropajes, con un cetro en las manos. Y, siguiéndole, una multitud, un rebaño, gritando jubilosos la esperanza de su liberación. Observo atento la misma escena que ya he visto tantas veces.
Un sabio, o aquellos que dicen ser sabios o a los que llaman sabios, dice haber descubierto la forma de salir de aquí y cruzar a las misteriosas tierras del otro lado. Un momento,… es curioso, pero ya incluso desconozco el significado de la palabra “sabio”…. Aún así, el sabio se acerca decidido al borde del abismo, pero no se asoma a él. Seguro que si se asomara, lo único que se arrojaría al abismo sería su sabiduría. El sabio se da la vuelta para decir a la multitud que lo seguía que ha encontrado la forma de llegar al otro lado. Narra su discurso ensayado, sorprendente, tan profundo que incluso carece de sentido, incluso podría llegar a embaucarme de no ser porque sé que sus palabras son tan peligrosas como los apremiantes susurros que me llegan cada día desde el abismo.
El discurso prosigue, enfervorizando a sus seguidores. Hemos cometido muchos errores, estamos condenados, estamos encerrados, pero podemos salir de aquí tan sólo sabiendo el porqué de este castigo, de este abismo. Y él lo sabe. Y nos lo dice. En realidad, ya no presto atención a sus palabras porque sé lo que va a suceder una vez más.
El sabio se da la vuelta para cruzar de un salto el abismo y llegar al otro lado, y la multitud que lo seguía se lanza tras él sin pararse siquiera a ver si logra su objetivo, mientras lanza alaridos de falsa esperanza. Y una vez más, veo cómo ese hombre fija la vista en su objetivo mientras salta con ímpetu. Incluso parece que puede conseguirlo. Pero de repente, aterrado, mira el fondo del abismo al que se precipita sin remedio. Y comienza a caer, seguido por ese rebaño que persigue incansable a su salvador. Se oyen los alaridos de terror de la multitud, se les pierde de vista en el vacío, y el sonido de su miedo se pierde en el espacio. No sabemos si han terminado de caer, no sabemos si terminarán de caer algún día. Pero sabemos que no volverán a subir.
Tras ver el espectáculo de la insensatez, todos mis compañeros se alejan del abismo. Hasta la próxima vez. Hasta que vuelvan a necesitar acercarse y observar su cercano e inalcanzable objetivo. Ya nadie se preocupa por los caídos. Ya ha ocurrido demasiadas veces. No van a volver. Y nadie desea acercarse a ellos, por si acaso nunca lograran llegar hasta ellos en una caída sin final.
Pero ahora ocurre algo que no había ocurrido nunca. Tras observar la caída de aquel sabio, me acerco de nuevo al abismo. Miro fijamente el vacío. Miro fijamente al miedo, a la incertidumbre, y descubro sorprendido que estoy mirándome a mí mismo. Oigo las voces que me hielan las entrañas, y dejo que entren dentro de mí. Inundan cada parte de mi mente, pero no son capaces de asfixiarme. Siento el agobio de lo inevitable, y de pronto rompo a reír. El frío desaparece. Ahora el abismo es más real que nunca, pero sin embargo es a la vez más incorpóreo que nunca. Y entonces lo comprendo.
Cierro los ojos y me dejo caer. Comienzo mi caída, y cada vez me siento más libre. Noto el frío viento que me rodea y que ya forma parte de mí. Noto las voces en mi cabeza, hablando de vacío, de desesperanza, de miedo, de final, de ira y venganza, hablando incluso de nada. Y nada es lo que ahora tienen que decir, porque ya no tienen sentido. Abro los ojos y me encuentro sobrevolando el abismo, alzándome por encima de las tierras que conozco, y de la niebla que cubre las tierras que ahora puedo visitar. Miro a mi alrededor y no veo el fin de la tierra, desconozco si ese fin existe. Y, en caso de que exista, espero descubrirlo y a la vez no descubrirlo nunca. Espero que no encuentre un final para ese mundo, porque espero que siempre tenga algo nuevo para descubrir.
Ahora miro al fondo del abismo de nuevo, y sigo sin ver su fondo. Podría descender para contemplarlo, pero ya no me parece tan importante. Ya no siento frío, y ya no existen las voces. El viento sopla suavemente a mi alrededor. Sé que en cualquier momento puede volver el frío, sé que las voces pueden volver a susurrarme, pero también sé que no existe frío capaz de helar mi mente ni susurro capaz de engatusarme.
No sé qué me espera al otro lado del abismo, y tampoco sé qué hay en su fondo. No sé qué me espera al final de la tierra, pero no me preocupa. Prefiero verlo yo mismo, prefiero explorarlo con calma, disfrutar y sufrir con su misterio todo lo que pueda. Puede que algún día caiga en mi vuelo al abismo, pero de momento lanzo un alarido. Pero este alarido no es de terror, sino de libertad. Desconozco todo lo que me rodea, pero precisamente por eso nada de lo que me rodea es un obstáculo para mí. Estoy preparado para enfrentar todo lo que se abalance sobre mí. Porque he vencido a lo desconocido, he vencido a la incertidumbre, me he vencido a mí mismo… y he salido victorioso.
Hola de nuevo. Después de tanto tiempo sin escribir, aquí os dejo por fin un nuevo relato corto terminado. Una vez más, espero que os guste.
Empezaba a anochecer. La mayoría de los hombres se encontraban ya en el bosque, observando, a la espera. Los ruidos que hasta entonces podían oírse con claridad en la zona ya habían cesado. No se oía nada más que los murmullos de la naturaleza en la oscuridad. Unos hombres se movían sigilosamente por el bosque, buscando su posición. Después, silencio. Una engañosa tranquilidad.
Se encontraba nervioso, a punto de vomitar. Aquella era su primera batalla. Llevaba entrenándose duramente desde hacía años para aquel momento. Estaba seguro de que podía hacerlo, pero no había contado con el nerviosismo. Notaba el corazón en la garganta, oía cada uno de sus latidos como un tambor, estruendoso. Casi podía notar cómo temblaba, cada uno de sus músculos en tensión. Y comenzó a respirar lentamente, cerrando los ojos. Logró relajarse, como tantas otras veces. Podía hacerlo. Ahora veía su entorno desde otra perspectiva. Captaba todo lo que le rodeaba, y se oía a sí mismo. Podía verlo todo como un espectador, como si no fuera él quien estuviera allí. Eso le permitía pensar mejor y no dejarse llevar por el miedo. Ya estaba preparado.
La oscuridad cubría el bosque por completo. No podía ver nada, pero no lo necesitaba. Podía sentir su entorno, casi notaba un latido vivo rodeándole. Entonces, un hombre delante de él hizo una seña y todos se pusieron en movimiento como un único ser, en completo silencio. Cinco figuras que acarreaban una ligera vara de madera abandonaron el cálido abrigo de la maleza mientras se deslizaban velozmente bordeando la muralla de la ciudad al abrigo de la noche.
Cuando encontraron su posición, se encaminaron deslizándose hacia la puerta de la muralla que tenían enfrente. Sus negros ropajes los difuminaban en la oscuridad. No llevaban armaduras, pero no las necesitaban. Si fracasaban, estaban muertos. Si lo lograban, al menos tendrían una oportunidad de sobrevivir.
Al llegar a la muralla, un hombre detrás de él lanzó un cuchillo. Sólo se oyó un ligero silbido en el aire, un gruñido y un cuerpo se desplomó entre los guerreros. El hombre tenía el cuchillo clavado en la garganta. No había podido gritar. Rápidamente, uno de sus compañeros desnudó al soldado y se puso sus ropas y armas. Apoyaron la vara contra la muralla y, con agilidad felina, el hombre trepó por ella, desapareciendo de su vista. Momentos después, la puerta de la muralla comenzó a abrirse y los soldados pudieron entrar por una rendija en completo silencio.
Comenzaron a deslizarse por las calles de la ciudad, ocultos en las sombras junto a las paredes de los edificios. No encontraron a nadie en el breve trecho que les separaba del puesto de guardia en el que dormían los soldados. Al doblar el último recodo, vieron un hombre que hacía guardia en la puerta y podía verles acercarse a la luz de su antorcha. No había nadie más en los alrededores, pero se detuvieron temiendo que los hubiera visto. Pasados unos momentos, el soldado no se movió.
Desde la oscuridad, pudo ver cómo su compañero disfrazado se acercaba al soldado, saludándolo. Momentos después, los ojos se le abrieron, sorprendido por la cuchilla que se deslizó veloz bajo el casco. Rápidamente, el hombre disfrazado cogió el cuerpo mientras caía y lo ocultó en la oscuridad junto a la puerta.
Después se giró a mirar a uno de sus compañeros con gesto interrogante, que negó con la cabeza con gesto concentrado. Nervioso, supo que ahora llegaba su turno. Se acercó hasta la puerta y, con el corazón en un puño, comenzó a forzar la cerradura, rompiendo su borde. No debía hacer ruido alguno, pero por suerte aún tenían tiempo. Por fin, la cerradura se aflojó. La puerta estaba abierta.
El hombre de gesto concentrado se adelantó. Parecía tenso. Podía echarlo todo a perder. Abrió la puerta lentamente, y pudo ver mientras la abría una tenue luz brillando en su mano. El hombre se internó despacio en la torre de guardia, donde se veían figuras inmóviles en el suelo. A la luz distinguieron hombres durmiendo sobre pequeños cúmulos de paja. El hombre se internó en la habitación y quedó inmóvil en el centro. Parecía concentrado. Pasaba el tiempo y seguía sin moverse. Si seguían así, algún guardia despertaría con la luz.
Sin previo aviso, el hombre sacó de entre su ropa una especie de palo alargado al que acercó la luz. Rápidamente, el palo prendió y el hombre lanzó la antorcha hacia uno de los cúmulos de paja al fondo de la torre. Salió rápidamente y atrancaron la puerta con la vara. Momentos después, comenzaron a oírse gritos dentro de la torre y, casi al instante, en otras partes de la ciudad. Pronto pudieron ver humaredas que se elevaban hacia el cielo en varias partes de la ciudad mientras se ocultaban en la oscuridad. Acababan de culminar el proceso más difícil.
Comenzaron a oírse ruidos de cabalgaduras que se aproximaban. Los soldados se adentraban en la ciudad por las puertas abiertas. Acababan de eliminar a la mayor parte de los soldados de la ciudad. No encontrarían mucha más resistencia. Ya habían vencido.
Desde el callejón donde se encontraban podían oír unos pocos soldados que corrían hacia la torre ardiendo. Llegaban tarde. Entonces oyeron más pasos. Mucho más cerca. Se volvieron para ver un hombre que acababa de salir de su casa. El hombre se detuvo aterrado. No reaccionaron a tiempo. Poco antes de que le diera tiempo a abalanzarse sobre el hombre, ya había abierto la boca. Un alarido desgarró el aire antes de que el hombre cayera inconsciente.
En cuestión de segundos se desató el caos. Aparecieron soldados por el otro extremo del callejón. Eran demasiados, y estaban equipados. No podían enfrentarse a ellos. Comenzaron a correr, y pronto no sabía dónde estaban los demás. Comenzó a correr entre las casas, ocultándose de los soldados. Logró matar a dos soldados que le encontraron por casualidad mientras corría por los callejones.
Por todas partes veía a sus aliados y a algunos aldeanos que se habían lanzado a las calles a luchar con lo poco que tenían. Pudo ver ante él a su compañero disfrazado de guardia y decidió seguirle, pero cuando se lanzó tras él, uno de los soldados que habían entrado a caballo pasó ante él como una exhalación sin verlo y le cortó la cabeza confundiéndolo con un enemigo. Apenas tuvo tiempo de apartarse para evitar que el caballo le arrollara.
Pronto pasó un grupo de soldados aliados a pie, y se unió al grupo. Así podría luchar corriendo menos riesgos. Seguía sin tener armadura.
Cuando se internaron en uno de los callejones pudo oír un conjunto ensordecedor de alaridos salvajes. Unos aldeanos enfurecidos se habían ocultado en los edificios, esperándolos, y se lanzaban sobre ellos blandiendo cuchillos y hoces. Se debatió como pudo entre el caos, luchando denodadamente por sobrevivir, sin saber a quién golpeaba. Recibió un golpe en la cabeza. Aún podía ver a los hombres luchando inútilmente contra los soldados cuando caía al suelo. El golpe al caer lo dejó inconsciente.
Cuando despertó le dolía todo el cuerpo. Casi no podía moverse, y los párpados le pesaban. Se encontraba tendido sobre unas mantas en el interior de una casa destrozada junto a otros heridos. Oía algunos gritos aislados en algún lugar de la casa. Sin lugar a dudas él había tenido suerte. Podría recuperarse fácilmente, lo sabía. El olor a sangre y podredumbre era asfixiante, pero mirando alrededor eran evidentes los intentos por mantener aquel edificio en condiciones higiénicas, aunque indudablemente esos intentos eran completamente insuficientes. La sangre seca se acumulaba junto a los lechos de los que aún continuaban vivos, y podía ver a algunos soldados con sus heridas de un color verdoso extraño, muy probablemente por infección. Algunos morirían ese mismo día.
Se llevó la mano a la cabeza, aún con la mirada un poco borrosa. Podía oír gritos en la calle, pero no estaba seguro de que fueran realmente gritos ó las punzadas de dolor que sentía en la cabeza. Sin embargo, podía notar al tacto la cicatriz que cubría la herida. Por suerte, la herida era muy superficial y se encontraba bien cerrada. No sangraba. Sin embargo, sabía que la zona donde había recibido el golpe era peligrosa. Un golpe un poco más fuerte le habría matado. Intentó pensar, pero no recordaba nada. Intentó recordar algo. Estaba asustado, no sabía su nombre. ¿Cómo se llamaba? Tardó unos segundos en procesar sus pensamientos, pensaba muy lentamente. Podía notar los latidos en su cabeza. Por fin lo recordó. Nicodemus, se llamaba Nicodemus.
En ese momento pudo oír con mayor claridad los gritos en la calle. Sí, eran gritos, y se acercaban. Sin embargo, no eran las voces que esperara oír. Era una mujer. Se incorporó sobre el lecho justo para ver dos soldados que agarraban por los brazos a una anciana que gritaba en un idioma que no comprendía mientras la arrastraban por el suelo. Aunque estaba confuso sabía lo que estaba ocurriendo. Pero en el fondo no lograba comprenderlo, no quería asimilarlo.
Se levantó lentamente, tambaleándose. Salió de la casa entre los cuerpos en pos de los gritos. El cielo estaba nublado, con un extraño color grisáceo, antinatural. Cuando volvió la esquina de la calle estuvo a punto de caer al suelo por la impresión. Un grupo de personas arrodilladas en fila ante una pared, amordazadas. No eran sólo soldados. Ancianos, mujeres, niños. Los habitantes de la ciudad se hallaban arrodillados ante un hombre armado con una cimitarra. Otro hombre se acercó al grupo y levantó al primer prisionero, alejándolo del grupo. Era un hombre alto, moreno, con un brazo inutilizado debido a un profundo corte a la altura del hombro.
Nicodemus pudo distinguir detrás del hombre armado un extraño círculo dibujado en el suelo. Entonces lo comprendió. Era para los dioses. Era sabido por todos que los dioses dominaban el mundo. Ellos les habían dado la vida, les proveían de todo lo que necesitaban para vivir, les proporcionaban cosechas y alimentos, les habían dado la victoria en la batalla. Había muchos dioses. Cada cultura adoraba diferentes dioses, algunos comunes, otros pertenecientes a un solo pueblo. Pero de todos era sabido que había dos dioses para cada aspecto de la vida. Dioses del Orden y Dioses del Caos. Su pueblo adoraba a los Dioses del Orden. Hacía mucho tiempo, un cataclismo había asolado la tierra. El fuego cayó del cielo, los mares se secaron, la tierra se hundió y el fuego arrasó la tierra. Pero algunos dioses protegieron a los humanos. Crearon barreras alrededor de las ciudades para protegerlos. Repoblaron rápidamente de plantas y animales el mundo para que pudieran subsistir. Eran los Dioses del Orden. Los Dioses del Caos se despreocuparon completamente de seres tan inferiores como ellos, pero los Dioses del Orden los salvaron, los cuidaron, se preocuparon por ellos, los guiaron. Desde entonces, aunque los dioses no habían vuelto a manifestarse, adoraron a los Dioses del Orden. De todas maneras, se sabía de algunas poblaciones bárbaras que adoraban a los Dioses del Caos.
Pero lo que estaba viendo ahora no era sólo una ofrenda por la victoria. Era un sacrificio. Con sangre. Con vidas humanas. Con inocentes. Con personas indefensas. Aquello no era obra de los dioses. Había demasiada muerte, demasiada crueldad, demasiada miseria. Habían obtenido la victoria sin ayuda, a base de dolor y sufrimiento. Aquella era una supuesta ofrenda dirigida a Aedon, el dios de la guerra, el rey de los dioses del Orden. Nicodemus no podía entenderlo. No había nada que agradecer a los dioses. Y, desde luego, aquello no tenía nada que ver con el Orden.
El hombre con la cimitarra alzó el arma. Nicodemus no podía creerlo. Aquello no era lo que esperaba. No podían matar a personas indefensas. Sí a ese hombre, sí a un soldado, pero no a todos esos prisioneros. No pudo soportarlo, y se acercó con un grito, golpeando al hombre armado justo cuando descargaba el golpe hacia la cabeza. El arma cayó al suelo.
Entonces todo sucedió muy rápidamente. El cielo se oscureció totalmente, cubriendo la ciudad de sombras y una piedra ardiente cayó del cielo. Nicodemus se apartó justo a tiempo de evitar que la piedra que atravesó verticalmente al verdugo le alcanzara también a él. Entonces, una lluvia de fuego se abalanzó sobre la ciudad.
El fuego, abrasador, cegador, se abalanzó en una lluvia mortal sobre el edificio. Nicodemus agarró rápidamente al prisionero, apartándolo de las llamas. Pronto se extendió el caos por la ciudad. Gritos, pisadas, cuerpos abrasados y agonizantes por las calles y casas. Nicodemus quedó momentáneamente paralizado. Había estado a punto de morir abrasado. El preso se zafó de sus ataduras y comenzó a arrastrar a Nicodemus por la calle. Debían salir de allí. Iban a morir.
Los dos comenzaron a correr por la ciudad. No sabían dónde se encontraban, pero se asfixiaban. El fuego caía a su alrededor, arrasando edificios, quemando las calles. Gritos por todas partes. Caos. Casi no podían respirar, y el humo los mareaba. Caminaban agachados, pero aún así notaban en la cabeza el calor que emanaba del cielo. Estuvieron a punto de morir en varias ocasiones, pero lograron empujarse y apartarse a tiempo para evitar las rocas incandescentes que se abalanzaban sobre ellos. Cuando avanzaban por un estrecho callejón, ya cerca de la muralla de la ciudad, un hombre salió gritando de una casa ante ellos. Se hallaba envuelto en llamas, y se acercó a ellos enloquecido. No llegó a tocarles. Cayó al suelo a sus pies, muerto. Las llamas se extinguieron lentamente en su ropa. Su cuerpo había quedado totalmente carbonizado.
Conmocionados, siguieron corriendo hacia la muralla. Una parte de ella había sido arrasada por una piedra especialmente grande que había llegado rodando hasta incrustarse contra una vivienda. La casa había sido totalmente derribada. Por suerte, la zona derribada de la muralla estaba libre y pudieron salir fácilmente sin peligro por el fuego. Se alejaron entre las llamas, intentando salir del alcance de los proyectiles.
Los dos se detuvieron cuando se consideraron a salvo y se quedaron mirándose mutuamente. Ahora eran de nuevo enemigos. El hombre se dio la vuelta en silencio dispuesto a alejarse cuando vieron un resplandor rojo encima de ellos. No tuvieron tiempo de reaccionar. Una última llamarada cayó del cielo… atravesando al hombre, que quedó irreconocible.
El impacto tiró al suelo a Nicodemus. Sordo y conmocionado, no era capaz de ver nada. Aún ciego, intentó ponerse en pie y alejarse de allí, pero una fuerza lo mantenía retenido contra el suelo. No sabía lo que ocurría. Cuando por fin pudo ver se quedó completamente horrorizado. El fuego le había atravesado el pecho, agujereándole el cuerpo. Pero aún seguía vivo. Y Podía ver una figura difusa envuelta en luz que se erguía imponente ante él. No sabía lo que estaba ocurriendo, pero podía adivinar con una certeza aterradora que la herida que veía en su cuerpo era mortal, y que de alguna forma sólo seguía vivo gracias a la figura que se alzaba ante él. De pronto, una voz resonó en su cabeza. Nadie hablaba, pero podía oír las palabras en su cabeza como si las estuviera escuchando.
“Mi nombre es Aedon. Vengo a hablarte en nombre de todos mis compañeros, aquellos que tú llamas… ¿cómo era?… sí, Dioses del Orden.” – se rió. – “Mi compañero Therar acaba de salvarte la vida. Pero, por supuesto, debes ayudarnos. Sigues vivo por un motivo, y necesitamos tu ayuda. No tenemos mucho tiempo. Si aceptas, podrás partir para cumplir la misión que te encomendemos. Si la rechazas, seguirás vivo y podrás ir adonde te plazca. Pero no esperes seguir vivo por mucho tiempo. No necesitaríamos tu ayuda de no tratarse de una situación… más bien interesante.”
Nicodemus se rió. - ¿Y de verdad esperas que os ayude? ¿A vosotros? Se supone que debemos veneraros, que nos ayudáis, que nos dais lo necesario para sobrevivir. Eso no es lo que he visto hoy. Sólo habéis causado destrucción y muerte. Con el poder que tenéis podríais haber evitado este desastre. Pero en lugar de eso, acabáis de matar a un hombre que me ha salvado la vida. Yo ya estoy muerto, y si sigo vivo es sólo porque me necesitáis. Eso no es piedad, eso no es bondad, eso no es proteger a los hombres. Eso se llama crueldad. De todas formas, no tengo elección. Os debo la vida, y es una deuda que debo pagar. Sólo pido algo a cambio: si triunfo, no quiero que volváis a interferir en mi vida. Prefiero ser mi propio dueño.
“Entiendo de lo que hablas, y en este momento no es algo que me importe. Acabas de aceptar nuestra tarea, y prometo que recibirás lo que pides cuando la concluyas. De todos modos, estás equivocado. Nosotros no hemos causado este desastre, y tampoco podíamos impedirlo. Estamos en guerra. Los Dioses del Caos han roto nuestro equilibrio, y ansían poder. Nosotros sólo podemos defendernos, y no tenemos capacidad para proteger además a los humanos. Ahora, nuestros poderes están en equilibrio, y todas nuestras acciones se verán reflejadas en el mundo humano. Este desastre sólo ha sido el principio, el primer ataque. Y esta guerra nunca acabará mientras la balanza siga equilibrada. Sólo existe un perdedor: el ser humano. Si la batalla continúa, desapareceréis, y nosotros seguiremos luchando por toda la eternidad. Ahora que el equilibrio se ha roto, ahora que el Caos ha comenzado a apoderarse del mundo, ya no hay posibilidad de volver atrás. Por eso te necesitamos. Tú debes desequilibrar la balanza. Tú debes ayudarnos a ganar esta guerra. Debes ayudarnos a acabar con el Caos. Debes ayudarnos a acabar con sus dioses.”
- Esto sí es divertido. ¿Y cómo esperas que un humano luche contra los dioses? Es imposible. No podéis morir, ni siquiera vosotros sois capaces de eliminaros. Ningún humano podría hacer nada. No podría ayudar.
“En realidad, no estamos seguros de que esto sea realmente así. Debes saber que no todas vuestras leyendas son mentira. Hay algo cierto: los héroes existen. Según vuestras leyendas, en tiempos oscuros los dioses creamos héroes, hombres especiales, para ayudaros contra las adversidades. No es cierto, pero la verdad se esconde tras esas palabras. En esos tiempos, nacen hombres especiales, hombres que realizan hazañas extraordinarias. Los dioses os observamos, y sí sabemos que, a veces, hacéis cosas que no deberíais poder hacer, cosas para las que no estáis capacitados. Y, sin embargo, podéis hacerlas. Eso es porque no podemos controlaros por completo, no a todos. Y vosotros mismos elegís vuestro propio camino, aunque a veces no lo sepáis. Hay algo que he aprendido: podemos labraros un destino, y vosotros podéis variarlo con la misma facilidad. Sólo necesitáis esperanza. Esa es la razón por la que te hemos elegido: tienes algo especial, algo que no podemos localizar, pero que percibimos. Y hay algo más: tú no crees en nosotros, no estás condicionado por las creencias humanas de la tradición. Nos ves como lo que somos: seres que sólo somos superiores a vosotros porque no nos comprendéis, y no podéis hacerlo porque vivís vuestra propia realidad, independiente completamente de la nuestra. Por esa razón no podemos controlaros. Tú podrás resistir mejor ante los supuestos de la tradición, y resistir los engaños que te asaltarán en el viaje, para discernir tu propio camino.”
“Debes saber que han existido muchos héroes, y la mayoría murieron sin que nadie supiera de su existencia. Pero sabemos algo: muchos de ellos estuvieron en contacto, y ninguno de ellos estaba, digamos… de acuerdo con nosotros. Por eso, y esto son sólo suposiciones extraídas de mucho tiempo observando a estos hombres, creemos que podrían haber llegado a hallar la forma de destruir a los dioses. No tenemos nada que lo confirme, ni sabemos de qué podría tratarse, pero estamos casi seguros de que lo han logrado. En caso de que exista esa arma capaz de matar a un dios, se trata de algo sumamente peligroso. Algo tan peligroso que suponía un riesgo demasiado grande, por lo que los héroes lo han mantenido oculto durante mucho tiempo, pasándolo de unos a otros, ocultándolo, para usarlo cuando de verdad fuera necesario, cuando no quedara más remedio que matar a los dioses si llegábamos a abusar demasiado de nuestro poder.”
“Pero ahora, mucho nos tememos que el secreto se haya perdido. Debe de quedar alguien que lo sepa, alguien que te ayude a buscar. Debes hallarlo, sea lo que sea, y ayudarnos a derrotar a los Dioses del Caos. Prometemos que, después de su derrota, ayudaremos a los humanos a reconstruir su mundo. Y, esta vez, será suyo de verdad.”
- No parece una historia muy creíble. De todas formas, no tengo por dónde empezar, ni adónde ir. Si pudierais decirme por dónde empezar a buscar sería una gran ayuda. – dijo Nicodemus, no sin cierta ironía.
“Sí que podemos ayudarte en eso. Podemos decirte dónde fue la última vez que tuvimos noticias del último de estos héroes. Se encontraba al este de donde te encuentras, en unas montañas. Las reconocerás cuando llegues a ellas. Cuando se adentró en sus profundidades, la fuerza del Caos fue demasiado fuerte en su interior como para permitirnos distinguirle. De todas formas, ya está muerto. Entró hace demasiado tiempo, y debió morir allí. Deberías empezar a buscar en ese lugar. Encuéntrale. Antes de que marches, te daremos algo que te ayudará. Sólo es fuerza espiritual. No esperes que te de fuerza, ni valor, ni fortaleza. Sólo te dará una cosa: libertad. Así podrás elegir lo más conveniente sin tener en cuenta nada más que lo que sabes, lo que supones, lo que intuyes. A partir de ahora, ya no estás bajo el control de los dioses. Tú eres tu propio dueño. Ya tienes tu recompensa. Sólo espero que la uses de la forma adecuada: no te dejes engañar, haz lo más conveniente. Recuerda mis palabras. Ahora nos iremos. No volverás a saber de nosotros hasta que cumplas tu misión.”
Cuando la luz desapareció, Nicodemus sintió una curiosa paz que recorría su cuerpo. Se sentía sorprendentemente liberado, como si hubiera estado llevando una carga pesada que ahora hubiera perdido. Se miró el cuerpo. Ya no estaba herido. Pero sabía que eso no era lo único que había cambiado. Se puso en pie y echó a andar con determinación.
Sabía a dónde se dirigía, aunque se hallaba completamente desorientado. Ahora era más consciente que nunca de su condición, de él mismo, y también de los demás, de sus enemigos, de su cultura, del compañero que acababa de morir junto a él. No conocía más que antes, pero entendía su conocimiento de un modo diferente. Ahora era abrumador, terrible, pero a la vez le liberaba y le ayudaba a caminar, a resistir, le fortalecía y le llenaba por dentro. No necesitaba mucho más. Ahora era su propio dueño, y sabía que no era gracias a los dioses. Simplemente, se acababa de liberar de un extraño peso que no podía definir pero que había arrastrado durante toda su vida.
Siguió andando, y pasaron días enteros, durante los que sólo caminó, sin ningún otro suceso de interés. Sabía que cazaba, sabía que recolectaba, pero ahora era rápido, lo hacía casi sin pensar, sin saberlo, intuyéndolo, como si simplemente la pieza que cazaba fuera una parte de sí mismo, y no necesitara cazarla porque ya se ofrecía a él. Apenas sí dormía. No contaba el tiempo. Y no sabía cuánto avanzaba. Simplemente, continuaba. Y comenzó a darse cuenta de que su entorno no se volvía contra él, como siempre había creído. Simplemente, todo lo que le rodeaba seguía unas reglas, y podía sobrevivir sin problemas si aprendía a reconocerlas, aceptarlas y a aprovecharlas en su beneficio.
Sin embargo, había algo que lo inquietaba, y era el calor. Desde que se pusiera en marcha, la temperatura había aumentado, y le dificultaba andar con seguridad. Pero, seguramente, el mayor obstáculo fuera el cielo. Estaba completamente nublado y cubría el mundo con una extraña sombra allá donde alcanzara la vista. Pero no era una oscuridad normal. Podía ver casi sin problemas, pero tenía una repercusión en su ánimo que hacía que cada paso fuera un acto de valor. Era miedo, puro, irracional, y debía vencerlo a cada momento que pasaba. Pero verse envuelto en su entorno, aceptando los peligros que lo rodeaban, le daba fuerzas para continuar. Sabía que estaba sólo, pero eso no suponía ningún problema. Sólo era un estímulo para seguir andando hasta encontrar algo, lo que fuera que buscaba.
Llegó un momento en el que pudo ver una hondonada en medio del campo por el que caminaba, y se acercó a inspeccionarla. Alrededor de ésta podían verse árboles caídos y quemados, y todo rastro de otro tipo de vegetación había desaparecido. Al acercarse, pudo ver algo que lo dejó paralizado. En aquella enorme hondonada se había alzado un poblado. Ahora, podían verse los restos calcinados y desmoronados de lo que quedaba de él. Nadie había podido sobrevivir. Por lo que podía ver, el suelo se había hundido bajo las casas y después estas habían ardido. Probablemente también allí había llovido fuego. Los dioses habían causado muchas más víctimas. Sin embargo, no pudo dejar de sorprenderse de que no se veían más zonas quemadas en los alrededores. La destrucción parecía haberse concentrado en una pequeña área alrededor del núcleo urbano. Extrañado, inspeccionó rápidamente la zona. No había quedado nada, como ya suponía. Ahora tenía una extraña sensación en su interior. Sentía algo que no podía explicar, como si los dioses no le hubieran contado todo lo que sabían. Parecía que hubieran destruido aquella ciudad a propósito, como si hubieran atacado a los humanos. Pero… ¿por qué? Debía acabar con aquello, debía continuar. Se giró hacia donde continuaba su camino y pudo distinguir unas montañas a lo lejos.
Con renovadas fuerzas, Nicodemus continuó su camino, más rápido que antes, incansable, sabiendo que su destino se hallaba cerca. No sabía cuánto tiempo llevaba sin dormir, pero no le preocupaba. Dormiría cuando no pudiera continuar. Entretanto, sólo podía avanzar lo más rápido posible.
Por fin, cuando ya se hallaba muy cerca de la montaña, llegó a las lindes de un bosque. El bosque rodeaba la montaña completamente. Debía atravesarlo para llegar a su objetivo. Por suerte, la oscuridad que antes lo turbaba se había convertido en su aliada. Ahora podía ver con más claridad que antes, ahora captaba cosas que antes era incapaz de ver. Y a veces ni siquiera necesitaba verlas. Simplemente, estaban allí, y él lo sabía.
Nicodemus se adentró en el bosque caminando lentamente. Una extraña fuerza lo llamaba desde el interior y a la vez lo rechazaba. De alguna forma, sabía que era peligroso, que podía perderse y no volver a salir jamás de allí, pero no podía volverse atrás. Necesitaba acabar con aquello. Se adentró en línea recta en el bosque intentando llegar cuanto antes a la falda de la montaña, pero no era tan fácil. Pronto la vegetación le impidió el paso y comenzó a desviarlo lateralmente de su objetivo, haciéndolo descender suavemente. Sabía que lo estaba conduciendo al corazón del bosque. Y ahora sabía que algo lo llamaba desde allí.
Sabía que si se dejaba arrastrar no saldría jamás de allí, podía intuirlo. Pero era mucho más fácil seguir ese camino, el camino que otros habían labrado para él. Quería desviarse, quería continuar, pero no era capaz de afrontar los peligros que supondrían atravesar ese ramaje espeso que lo rodeaba. Y podía oír ruidos a su alrededor. Sabía que si salía del camino, algo lo atacaría.
Por fin se decidió. No iba a permitir que lo atraparan allí. Si debía morir, por lo menos moriría de una forma que valiera la pena, no manipulado por aquellas voces. Cogiendo aire, se adentró en la maleza. Como suponía, en el momento en que se adentró en ella, comenzó a recibir golpes y cortes por todo el cuerpo, pero podía resistirlos sin problemas. Pronto oyó un rugido. Ya estaban allí. Aquellas bestias lo atacarían. Iba a morir. Pero no se volvió. Siguió avanzando, y entonces pudo notar un zarpazo en el torso. No vio qué lo había causado, pero, sorprendentemente, sólo notó el impacto. No había recibido daño alguno. Lo peor había sido el miedo, el miedo a abandonar aquel sencillo camino que otros le habían creado.
Ahora pudo seguir avanzando, con gran dificultad. Las bestias seguían rugiendo y atacando a su alrededor, cada vez con más furia, pero él no las prestaba ninguna atención. No merecía la pena. Por fin, pudo ver que el camino era más fácil. Ya no oía las voces, y las bestias cada vez atacaban con menor furia. Y, de pronto, sin esperarlo, llegó a la falda de la montaña. Ya sin las bestias rodeándole fue fácil encontrar lo que buscaba. Pronto pudo ver una cueva que se adentraba en la montaña.
Pero no era capaz de entrar. Pudo notar una extraña fuerza que manaba de su interior. Una fuerza extraña, misteriosa, oscura, que no podía reconocer. ¿Sería aquella fuerza de la que hablaban los dioses? Ellos dijeron que era la fuerza del Caos… pero no parecía ser aquello. Simplemente, era extraño, imponía respeto. Pero no era caótica, era extrañamente tranquila, pura, no parecía querer herirle, ni tampoco ayudarle. Simplemente existía, por sí misma, sin ningún objetivo ni motivo. Sólo existía.
No había por qué temerla. Sólo respetarla. Muy lentamente, Nicodemus se adentró en la oscuridad de las entrañas de la tierra. Al principio no veía nada, no podía orientarse, y continuamente chocaba con las paredes de la cueva. No sabía cuánto tiempo llevaba en aquella situación cuando se detuvo. Estaba perdido. No iba a salir de allí guiándose por los sentidos. Respiró hondo, apartó las manos de la pared y echó a andar. Sólo se guiaba por instinto. Mientras caminaba, pensaba en todo lo que había aprendido en su camino, en su nuevo modo de ver las cosas. No volvió a chocar con ninguna pared, mientras notaba un frescor que lo rodeaba, cada vez más intenso. Se acercaba a su objetivo.
Finalmente, desembocó en un lugar diferente al resto de la cueva. Una extraña luz azulada cubría las paredes que lo rodeaban. Y entonces pudo ver que a su alrededor había… nada. El camino no había acabado. Simplemente, todo a su alrededor había desaparecido. Nicodemus comenzó a sentir un extraño sopor, comenzó a marearse, y a caer. De pronto, la oscuridad le rodeó. Necesitaba dormir….
- ¿Qué ocurre? ¿Dónde estoy?
- Eso no es importante. – respondió una voz.
- ¿Quién eres?
- Eso tampoco es importante. Sin embargo, te diré que soy aquel al que estabas buscando. El último de los grandes héroes humanos. El último que sirvió a los dioses. El último que murió por los dioses. El último que verdaderamente comprendía la profundidad del enigma que suponen los dioses.
- ¿Puedes ayudarme?
- No podría. Debes ayudarte tú mismo. Sé cuál es tu objetivo, sé lo que te mueve. Necesitas acabar con la guerra. Necesitas salvar a los humanos. Necesitas salvarte a ti mismo. Crees que logrando la victoria conseguirás la libertad que ansías. Es cierto, lo conseguirás. La pregunta es: ¿puedes aceptar el precio que habrás de pagar por conseguirla? Los dioses ya te han dado tu recompensa, pero: ¿de verdad la tienes?
- Eso creo. Por lo menos, esa es mi sensación.
- En ese caso, responde a mi pregunta: ¿cómo acabarás esta guerra? ¿Cómo puedes matar a un dios?
- No lo sé. Por eso acudo a ti. Por eso estoy aquí. Necesito que me digas cómo lograrlo.
- Sólo que tú ya lo sabes. Pero no quieres admitirlo, no puedes admitirlo. Dime: ¿por qué te escogieron los dioses a ti? ¿Qué te hace diferente? ¿De verdad crees que desean ayudar a los humanos?
- Eso parece. De momento, me salvaron la vida. Me han dado libertad. Tengo que ayudarlos. Ahora debo detener esta guerra, no puede morir más gente.
- Y dime una cosa: ¿quién ganará la guerra?
- Los dioses del Orden. Les debo la vida. Tengo que devolverles ese favor.
- Bueno, eso es lo que parece. Ahora te ayudaré. Te ayudaré a reflexionar. Te ayudaré a llegar a la respuesta. Sólo recuerda: tú ya conoces la respuesta. En primer lugar: ¿qué crees que ocurrirá si matas a los dioses del Caos? Llegará el Orden. Llegará la paz. ¿Pero realmente esto es así? ¿Y cuál es el precio?
- No sé cuál es el precio, y ciertamente debe de ser alto. Pero merece la pena. Puedo pagar por ello, incluso con mi vida.
- ¿Y si no es la vida lo que está en juego? ¿Y si es… la mente? Imagina un mundo sin los dioses del Caos. Sólo queda el Orden. Se desata un Orden extremo. Todo está controlado. La vida, el alimento, el agua, la procreación… todo medido escrupulosamente. Algo escapa del control absoluto… pero no escapa, es eliminado. Nada debe alterar el Orden. Esa situación es insostenible. Alguien se rebela, y también es eliminado. Entonces se desata una revolución, contra los mismos dioses, el Caos absoluto. Sólo queda una solución… el Orden absoluto e ineludible. La Nada. La desaparición de la humanidad.
Ahora, piensa. ¿Qué es un dios? La representación de un poder, de una fuerza superior. ¿Superior para quién? Para los humanos. ¿Y si no hubiera nada superior? No existirían los dioses, no serían necesarios. ¿Y si desaparecen los humanos? Desaparecen los dioses. Los dioses os necesitan, necesitan que viváis, y que sepáis que están ahí, que dominan vuestras vidas. No os ayudan por bondad, sino por necesidad.
- Entonces, ¿qué ocurriría si desaparecieran los dioses? Ellos nos crearon, nos ayudaron. Ellos nos han salvado.
- No lo creerás en serio. De no ser por ellos, no habríais necesitado que os salvaran. La guerra era suya. Y creo que nunca habías creído en ellos. Nunca los habías necesitado. ¿Por qué los necesitas ahora? Porque son tu respuesta, a las dudas, al miedo, al porqué de tu viaje. ¿Soportarías eliminarlos? ¿Soportarías acaso el vacío que dejarían, las preguntas sin respuesta? ¿Volverías a llenar ese vacío? ¿Y con qué lo llenarías? Esa es la ayuda que debía prestarte. Si respondes a estas preguntas, acabará la guerra… de un modo u otro.
- ¿Entonces qué puedo hacer? ¿Cómo lo soluciono? ¿Qué ocurrirá si logro que desaparezcan?
- Te daré una respuesta más. El secreto de todo esto está en tu pensamiento, la verdad es que ya lo estaba antes de que se desatara la guerra. Deberías tal vez plantearte si la conclusión a la que tú llegues será la misma a la que lleguen el resto de los hombres. Los dioses no desaparecerán si queda algún hombre que crea en ellos, si creen que pueden seguir haciéndoles daño. ¿Cómo conseguir que ya nadie crea en ellos? En realidad, es menos difícil de lo que parece. No obstante, ahora debes marchar. Y no te preocupes, sabrás cómo lograr tu objetivo. Y recuerda una cosa más: a veces, tus peores enemigos pueden ser tus mejores aliados, pues los conceptos de aliado y enemigo son tan confusos como los de Orden y Caos. No existen los absolutos.
Inmediatamente después de oír esa última afirmación, Nicodemus despertó. Miró rápidamente a su alrededor y no pudo ver nada más que la luz que bañaba toda la cueva. Aún meditando sobre la conversación que acababa de mantener y sobre la verdad que pudiera obtener de ella, salió de la cueva y se alejó de ella atravesando el bosque.
Cuando recobró totalmente el sentido de la realidad se dio cuenta de que llevaba un rato avanzando en dirección al centro del bosque. Notaba de nuevo unas voces que lo llamaban, tratando de atraerlo, de engañarlo. Esta vez las voces no tenían efecto alguno sobre él, y se volvió dispuesto a abandonar el bosque. Pero algo le detuvo. “Tus peores enemigos pueden ser tus mejores aliados”. Aquello podía ser cierto…. Con una renovada determinación se adentró hacia el centro del bosque, en dirección a las voces, en línea recta. Esta vez las voces no le atraían, no le engañaban, aunque indudablemente estaba haciendo lo que ellas querían, pero esta vez era él quien controlaba la situación. No sabía lo que encontraría en el corazón del bosque, pero sabía que debía buscarlo y afrontar el peligro, cualquiera que fuese.
Finalmente, Nicodemus llegó a un pequeño claro justo en el centro del bosque donde pudo ver un manantial del que brotaba agua de un extraño color. No podía distinguirlo bien. Cuando se acercó a observar más de cerca el agua, pudo ver que no tenía un único color. Era un agua clara, cristalina, pura, pero no era incolora, sin embargo no tenía un color determinado. Cambiaba de color constantemente, difuminándose en nuevos colores que apenas eran intuidos volvían a desaparecer para transformarse en otros nuevos. Aquella imagen transmitía una curiosa sensación de tranquilidad. Sin embargo, algo diferente, grande, majestuoso y que imponía un respeto sobrenatural captó irremediablemente su atención: en el centro de aquel manantial se alzaba un árbol blanco.
Nicodemus no pudo evitar sorprenderse al ver que aquel árbol era la única muestra de vegetación dentro del manantial. Intentó buscar la salida del agua, pero esta no existía: daba la impresión de brotar desde debajo del árbol con un tenue latido. Nicodemus oía cómo una voz lo llamaba desde el centro del manantial, pero esta no era la misma voz que le atrajera anteriormente: era una voz impasible, inmutable y eterna, una voz sobrenatural, atemporal, por encima de los sentimientos, de las sensaciones, por encima del bien y del mal, una voz que lo conocía todo, y precisamente por ello menospreciaba su realidad. Una voz atormentada, pero que ya no era capaz de sufrir. Una voz alegre, pero sin rastro de felicidad. Reunía todas estas características, y era real, pero parecía más falsa que la voz que oyera Nicodemus antes de entrar a la cueva. Nicodemus supo que había hallado lo que estaba buscando. Y también supo que se hallaba más cerca que nunca del éxito, pero también del fracaso. Tenía la sensación de que algo iba a ocurrir, algo que cambiaría su destino, y el de muchas más personas, para siempre. Y entonces recordó algo que oyera al principio de su viaje: “Libertad. Así podrás elegir lo más conveniente sin tener en cuenta nada más que lo que sabes, lo que supones, lo que intuyes. A partir de ahora, ya no estás bajo el control de los dioses. Tú eres tu propio dueño.”
Y entonces intuyó lo que iba a pasar. Los dioses iban a ponerle a prueba. Los dioses le ofrecerían un pacto, y él debería elegir si lo aceptaba ó lo rechazaba. Con una nueva determinación, Nicodemus se internó en el agua camino del árbol. Y, tal como supusiera momentos antes, una figura oscura, imponente, difusa, se alzó ante él. Nicodemus podría haberla ignorado, pero sabía que la única forma de acabar con su odisea era escuchar lo que tenía que decir. Nicodemus se detuvo ante la figura, contemplándola impasible pero con respeto.
Las dos figuras permanecieron inmóviles en el agua, contemplándose, midiéndose. Pasaron los minutos y nada sucedía. De pronto, la sombra que se alzaba ante Nicodemus habló:
“Hola, Nicodemus. Estoy seguro de que has estado esperando nuestro encuentro. Sabías que acabarías ante uno de nosotros. Soy Trekhis, diosa del Caos. Yo he sido la elegida para hablar contigo en nombre de todos mis compañeros. Como ya supondrás, hemos venido a ofrecerte un pacto. Debes elegir si lo aceptas o lo rechazas, y después de tomar la decisión no podrás volverte atrás. Sabemos la conclusión a la que has llegado: no puedes matar a los dioses del Caos, porque si lo haces la humanidad acabará desapareciendo. Tampoco puedes matar a los dioses del Orden, porque se desataría el Caos absoluto. Lo sabemos, y por ello venimos a ofrecerte este pacto. ¿Sabes lo que es este árbol?”
Nicodemus contempló el árbol detenidamente. Y entonces observó algo nuevo, algo que atrapaba tan poderosamente la atención que no entendía cómo no lo había visto antes. De las ramas del árbol colgaban unos frutos extraños, amorfos, brillantes. Eso era exactamente lo que ansiaba desde el comienzo del viaje. Aquella era su recompensa final.
- Sí, ya sé lo que es. Es el Árbol del Conocimiento. Gracias a él ya no necesitaré a los dioses. Gracias a él seré completamente libre. Gracias a él me libraré completamente de las dudas.
“Pero sabes que deberás realizar un pacto con nosotros por conseguirlo.” – respondió Trekish. Justo en ese momento, una figura luminosa apareció a su lado. Era Aedon. Parecía que quería hablar con él, pero no era capaz de oírlo. – “Bueno, parece que los dioses del Orden han llegado justo a tiempo. Perfecto, podrán oír el pacto que voy a proponerte. Te daré la posibilidad de obtener el conocimiento absoluto. Gracias a ello, obtendrás el poder de eliminar a los dioses. Pero no te pediré que elimines a Aedon. No…. Deberás entregarnos ese poder, el poder de los héroes, a los dioses del Caos. Con él, someteremos a los dioses del Orden. Los apresaremos. Pero no desaparecerán. La guerra acabará porque habremos ganado. Sin embargo, seguirá existiendo el Orden, una pequeña porción de Orden, con lo que el mundo humano no desaparecerá. Aunque sin duda habrá algunas variaciones… aunque es un riesgo que deberás asumir…. “– Nicodemus escuchaba atentamente, preguntándose cuál sería la alternativa que le propondría Trekish. Seguramente tendría que ver con la destrucción de los dioses del Orden. Pero para su sorpresa, Trekish continuó:- “Ahora dejaré que Aedon te proponga la segunda parte del pacto. Así podrás elegir la mejor de las dos opciones.”
Entonces, se oyó el tronar de la voz de Aedon mientras Trekish aún intentaba decir algo, pero ya no tenía el control de la situación: “Nicodemus, no te ocultaré la verdad. Los dioses acabamos de ponernos de acuerdo sobre lo que debe ocurrir. Ambos queremos ganar, pero no existe esa opción, de modo que seré breve: danos ese poder a nosotros. Déjanos someter a los dioses del Caos. Sabemos que hemos causado mucho daño a los humanos. Pero podemos solucionarlo, podemos ayudaros. Sólo necesitamos vencer. Sólo necesitamos ese poder. Recuerda lo que nos debes. Coge ese poder y dánoslo a nosotros.”
Entonces, los dos dioses quedaron inmóviles, mirándole. Nicodemus supo que había llegado el momento. Se acercó al árbol para coger su fruto cuando notó una nueva voz, más profunda, más sabia, que le hablaba en su mente:
“Hola, Nicodemus. Soy el Árbol del Conocimiento. Sé lo que te acaban de proponer. Sé lo peligroso que es el conocimiento, y lo doloroso que es el carecer de él. Yo no te otorgaré mi don, aunque puedes cogerlo. Pero te ofrezco algo diferente: un sacrificio. De mí brota un manantial especial, como ya has podido ver. Te ofrezco la posibilidad de dejar que este manantial fluya libremente por la tierra, impregnándola. Todo lo que se encuentre cerca de ella quedará impregnado de sabiduría. Los dioses desaparecerán, porque los humanos sabrán que no son la respuesta, dejarán de ser necesarios. Sin embargo, el conocimiento puede llegar a ser peligroso, e incluso cruel. No puedo dejarlo fluir libremente. Sólo te pido algo a cambio: no debes tomar el conocimiento. Acepta la duda, acepta la incertidumbre y no la temas. Esa es la verdadera sabiduría. Ahora te estoy ofreciendo la verdadera libertad. Y, por lo tanto, ahora eres tú quien debe tomar la decisión. ¿Eres capaz de soportar la duda?”
Nicodemus quedó pensativo durante mucho tiempo. Los dioses estaban inmóviles, no parecían ser conscientes de lo que ocurría. Pareciera que el tiempo se hubiera detenido. Mirando el fluido del agua, Nicodemus pudo ver la verdad: el agua no fluía. El tiempo se había detenido. Sintió el verdadero miedo por primera vez, el verdadero terror del abismo de lo desconocido. Los dioses le ofrecían respuestas, pero ahora tenía la opción de rechazarlas. Recordó algo que le habían dicho siendo un niño: “Recuerda, Nicodemus. Estás destinado a realizar una gran hazaña. Los nombres de las personas reflejan lo que serán en un futuro. Son proféticos. ¿Sabes lo que significa tu nombre? Victoria de la gente. Recuérdalo cuando las dudas te asalten, cuando el miedo te consuma. Haz lo mejor para todos, para todos tus amigos, y sin quererlo, tu también recibirás la recompensa.” Y entonces tomó una decisión.
- De acuerdo. Acepto el trato. Haz fluir el agua para que los dioses desaparezcan. Los dioses no existen realmente, son nuestra creación y, por lo tanto, somos los responsables del daño que han causado esas ideas. El miedo a lo desconocido no es excusa para vivir engañado. Es mejor desconocer la verdad y hallarse frente al abismo de la duda que vivir engañado por siempre.
Nicodemus no estaba seguro, pero le pareció notar el murmullo bajo y risueño de una agradable risa. De pronto notó cómo un fluido suave pero intenso le recorría todo el cuerpo, y pudo sentir una inexplicable sensación de paz. Ahora se hallaba de pie ante el abismo, suspendido ante él, pero no tenía miedo. No podía caer, y si cayera, sabía que no corría peligro alguno. Se hallaba tranquilo. Sin saberlo, había estado buscando toda su vida ese momento, pero sabía que aquella voz sabia, fría y profunda había estado esperando mucho más. Pero había sido una espera, porque ya sabía de antemano la decisión que iba a tomar. Aquella certeza no le hizo cambiar de decisión. Había actuado correctamente.
Cuando volvió a oír el fluido del manantial, pudo ver las figuras de los dioses ante él. Pero ya no eran imponentes. Mientras desaparecían en el aire, casi desmenuzados por el viento, pudo ver su desesperación. No comprendían lo que ocurría. Cuando desaparecieron definitivamente, Nicodemus contempló una vez más el árbol. Ante él tenía el fruto del conocimiento. Sólo debía alargar el brazo…. Con una sonrisa, Nicodemus se volvió y se internó de nuevo en el bosque. Volvía a casa.
Cuando llegó a su hogar, pudo ver que estaba de nuevo en perfecto estado. Al desaparecer los dioses, al desaparecer esa idea, habían desaparecido todas las consecuencias reales de su existencia. Al fin y al cabo, algo que no existe no puede causar un daño directo sobre algo físico. Sin embargo, Nicodemus pudo ver que todo el pueblo se agolpaba en la plaza. Cuando se acercó, pudo ver una colosal estatua que representaba a Aedon. Todo el pueblo se hallaba arrodillado ante ella. Sorprendido, Nicodemus preguntó qué ocurría a un hombre que se hallaba cerca de él.
- Los dioses han desaparecido, pero no somos capaces de entenderlo. ¿Por qué? ¿Qué ocurrirá ahora? ¿Qué nos depara el futuro? No lo sabemos, y sabemos que no obtendremos la respuesta de estos ídolos, pero esperamos hallar una señal, una respuesta que nos diga lo que nos espera. Tengo miedo. Al menos, al menos… esto… este ídolo…. – El hombre sollozó, aterrado.
Apenado, Nicodemus se alejó. Sabía lo que le pasaba. Tenía miedo a lo desconocido, y adoraba a ese ídolo aun sabiendo que era falso porque era lo único que conocía. Al menos le daba una respuesta, aunque esa respuesta ya no le satisfacía. No era capaz de afrontar la duda.
Nicodemus se marchó de la ciudad. Durante los años que siguieron, la gente continuó adorando a los ídolos de las ciudades, aterrados por lo desconocido. Sin embargo, algunas personas se daban cuentas de su error, de que nunca llegarían a ningún objetivo siguiendo en esa situación. Y entonces partían, solos, en busca de respuestas. Aquellas personas acababan encontrándose con un hombre que vivía sólo, un hombre llamado Nicodemus, un hombre serio, sabio, que nunca les proporcionaba respuestas, pero les enseñaba a vivir con las preguntas. No ofrecía conocimiento, pero ofrecía algo más valioso: sabiduría, paz, aceptación. No sabían lo que les esperaba, pero ya no lo necesitaban.
Llegó un momento en que ya nadie adoraba a los ídolos. Pero no fueron destruidos, ni se perdieron en el olvido. Fueron guardados, custodiados y recordados como vestigios de otro tiempo. Un tiempo en el que los dioses gobernaban el mundo, un tiempo en el que los dioses utilizaban a los humanos, un tiempo en el que los hombres no tenían derecho a gobernarse a sí mismos, un tiempo que debía ser recordado para nunca jamás regresar a él.
Aquí tenéis otro relato sacado de una buena idea que se me ocurrió. Espero que os guste.
Silencio. Un silencio insoportable. Y oscuridad, impenetrable, agobiante, asfixiante. No oía nada, absolutamente nada. Por mucho que aguzaba el oído no lograba captar ningún sonido. No percibía ningún olor. Nada. Corría de un lado para otro, sin cansarse, pero todo era tan absurdamente monótono que acabó por desistir y detenerse en un lugar. En realidad no sabía si había estado corriendo ó detenido donde se encontraba ahora, pero desde luego lo había pensado, había deseado correr con todas sus fuerzas, moverse. Por no pensar, no detenerse para saber, y deducir, ¿qué?
No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero ya estaba más tranquilo. No había dormido nada y, pese a haber perdido totalmente la noción del tiempo, sabía que llevaba días allí. No había comido nada, pero no lo necesitaba. No tenía sueño, ni siquiera podía dormir. No sentía absolutamente nada, no notaba sus músculos ni su respiración, nada. Al principio estaba completamente agobiado, no era capaz de pensar, sólo gritar. Pero no podía emitir ningún sonido. Después intentó correr, ver algo, pero no sabía lo que estaba haciendo en realidad, así que desistió y se detuvo a pensar. Y reflexionar.
Llevaba allí mucho tiempo y nada había cambiado. Ya había intentado salir de allí por todos los medios, pero no sentía nada y, por lo tanto, no podía saber qué hacía. Tal vez sólo era un sueño, estaba dormido. O tal vez estuviera inconsciente, preso en sí mismo. O tal vez….
Sólo reflexionó. Y se dio cuenta de lo que había perdido sin darse cuenta. De lo que había tenido y ahora añoraba. De lo que nunca había agradecido porque lo tenía desde siempre. De todos los supuestos en los que se basaba su inútil mundo. Y ahora ya nada de todo eso era válido. No tenía nada.
A veces volvía a sentirse atrapado, ahogado en la oscuridad y el silencio, e intentaba gritar. Pero no tenía sentido, y pronto volvía a calmarse y sumirse en sus pensamientos. Recordó sucesos olvidados. Reflexionó sobre sus errores, todo lo que debería haber hecho cuando pudo, pero no lo hizo porque ya habría tiempo. Reflexionó sobre todo lo que no debería haber hecho nunca, y sobre lo que debería haberse arrepentido a tiempo y ya nunca podría enmendar. Ahora era más sabio. Ahora conocía de verdad a los que le importaban porque había logrado, en mitad de su tedio, ponerse en su lugar. Y, ahora, no le servía para nada.
Siempre había tenido un objetivo, y había olvidado que lo más importante era disfrutar lo que conseguía, y no intentar alcanzar más, siempre más, sin detenerse a estudiar su vida, su realidad, nunca. Siempre había creído que era feliz, que hacía lo que tenía que hacer, pero ahora se daba cuenta de que estaba vacío. No tenía nada. Ningún recuerdo que valiera la pena. Nada de lo que estar orgulloso. No había hecho nada que lo hiciera verdaderamente feliz. Ahora, encerrado, se daba cuenta de que, en realidad, nunca había sido libre. Había estado preso de sí mismo. Siempre con un objetivo, siempre buscando, sin reparar en que, si se hubiera detenido un momento a reflexionar, probablemente habría encontrado lo que deseaba.
Una vez más repasó lo último que recordaba antes de esa oscuridad. Una llamada, grito agudo. Un pitido, estridente. Una puerta, de madera, oscura, carcomida por el paso del tiempo. Una sonrisa. Oscuridad. Y volvió a sentirse solo. Y volvió a aguzar la vista, y el oído, y a intentar dormir. Y volvió a calmarse y a reflexionar sobre sus recuerdos. Sus errores. Sus fracasos. Si pudiera volver….
Y entonces pensó que ya no merecía la pena estar allí. No podía solucionar nada. Y no conseguiría nada lamentándose. Quería salir de allí, como fuera. Cualquier sitio menos allí. Mejor era nada que aquello. Comenzó a pensar en otros lugares. Campos, bosques, personas sin rostro, sin vida. Cualquier cosa.
Y pudo ver. Oía. Sentía. Dolor. Un hombre yacía en el suelo, herido. La sangre brotaba de su costado, y un joven se alzaba frente a él, aterrado, con un cuchillo. El hombre derribado gritaba. Y reconoció su voz. Era él, pero no se reconocía en ese cuerpo débil. Quería salvarse. Y entonces, el hombre armado salió huyendo, y el dolor cesó. Notó cómo salía de allí, flotando, informe, sin sentir nada, y pudo ver al hombre caído, que era él mismo segundos antes, levantarse y salir corriendo. No estaba herido.
Llegó la oscuridad, y al momento siguiente notó calor. Era sofocante, asfixiante. Quería salir de allí. Y entonces dejó de sentir calor, y pudo ver a una mujer en una casa en llamas. Quiso salvarla, pero volvió a sentir ese calor que ahora lo quemaba. Se mareaba, casi no podía respirar. El agobio lo enajenó y se lanzó hacia las llamas, ansioso por atravesarlas y salir de allí. Y logró salir en mitad de un agudo chillido.
De nuevo oscuridad. Y comprendió entonces que nunca acabaría, nunca saldría de allí, mientras observaba una ambulancia hacia la que caía vertiginosamente. No dejaría de sufrir, no volvería a vivir, pero comprendió, sin saber porqué, que acababa de ayudar a aquellas personas. No quería sufrir, pero aceptó el dolor con gratitud. Él perdió sus oportunidades. Tal vez otros pudieran volver a tener las suyas. Ahora podía elegir. Ahora podía hacer algo que de verdad valiera la pena. Lanzando un alarido de dolor, pudo ver entre las lágrimas y su borrosa visión cómo sus heridas comenzaban a cicatrizar. Sí, allí era donde debía estar.
- Ya es el tercero. Sea quien sea, está loco. Esto no es sólo un asesino en serie. Está jugando con nosotros. Y nosotros le estamos siguiendo el juego.
El detective Karl Heidegger estaba consternado. Los policías que habían llegado al lugar antes que él habían tenido que salir fuera para vomitar. Ninguno de los allí presentes estaba preparado para ver la escena que tenían ante sus ojos. A Karl no le impresionaba la sangre, ni lo macabro de la escena, ni siquiera la evidente crueldad y ensañamiento con la víctima. No. A él lo que le afectaba era la imposibilidad de cogerle. Ni una huella. Ni una pista. Era preciso. Era limpio. Era cruel. Y se estaba riendo de ellos, estaba disfrutando. Él era un profesional. No había tardado más de dos semanas en resolver ninguno de sus casos anteriores. Esta ya era la tercera semana persiguiendo sólo a ese sádico. Y no tenía nada, ni una pista. La frustración. Era la frustración lo que lo mantenía congelado allí, inmóvil, consternado.
Ante él tenía una escena curiosa. Surrealista. Cruel. Un hombre colgado de los pies. Sin pelo. Sin piel. Sin rostro. Le habían quemado completamente. Le habían dejado sin uñas, la cabeza era una calavera vacía. Pero antes de quemarlo le habían rajado el estómago, y las tripas se acumulaban a sus pies. El lugar era parte de aquel escenario. La escena se hallaba cubierta de sangre, formando perfectas figuras abstractas. Pero era completamente preciso. Las paredes sólo tenían sangre para formar aquellas figuras. La sangre no había escurrido por la pared, no había ninguna mancha que mancillara lo que el asesino sin duda debía considerar una obra de arte. Y un número escrito con sangre bajo el cadáver, el número tres. Y ni una maldita pista.
Y lo peor era cómo lo había conseguido. Ni siquiera pensaban cómo habría podido llegar allí. Estaban en la principal estación de metro de la ciudad, que estaba vigilada permanentemente, las 24 horas del día. Y aquel loco había conseguido eludir completamente la vigilancia tanto tiempo como para organizar aquel escenario minuciosamente sin que nadie lo viera. Y era evidente que había matado a la víctima allí mismo. Se veían las marcas ennegrecidas del fuego en el techo. Y nadie había visto ni oído nada. Imposible. Frustrante. Se estaba riendo de ellos.
El primer escenario fue el vestíbulo de un hotel de cinco estrellas de la ciudad. Brazos, cabeza, piernas y torso separados y distribuidos por todo el vestíbulo, con el número uno escrito en todas las pantallas de ordenador del hotel a la mañana siguiente. Ni una gota de sangre desparramada lejos de los trozos del cuerpo, que según los forenses había sido descuartizado allí mismo. El segundo escenario fue un cine. El cadáver sentado en una butaca, la cabeza clavada en el asiento con la boca abierta y una bolsa de palomitas encima. El número dos grabado a fuego en su frente. Los dos cuerpos aparecieron un viernes. Los policías con los que pudo hablar Heidegger no dudaron en describir aquellas escenas como un espejo del horror. La crueldad y el sufrimiento llevados a su más macabra expresión: el arte.
Sin embargo, tenían una pequeña pista. Parecía que la colocación de los cadáveres no era aleatoria. El asesino estaba formando alguna especie de figura en la estructura de la ciudad, pero con los tres cadáveres Heidegger aún no era capaz de saber de qué figura se trataba. Y no podía permitir que hubiera más muertes. Un asesinato a la semana. Los lunes. Llevaba dos semanas investigando.
Sabía lo que iba a pasar ahora. No habría huellas, marcas, pistas. Las cámaras de seguridad no habrían grabado nada. No habría testigos, y después de buscar durante horas a posibles personas que hubieran pasado por la zona el día anterior, nadie habría visto nada extraño. No se equivocaba. Aquella noche volvió a su casa cansado, con dolor de cabeza y el sabor de la derrota en los labios. No había conseguido nada, y no pudo conciliar el sueño. Se estaba riendo de ellos….
Las investigaciones continuaron con el mismo resultado, hasta que apareció la cuarta víctima. El cuerpo apareció en plena calle, desnudo, lanzado desde lo alto de un edificio, con el número cuatro grabado en su espalda… a latigazos. Cuando llegó la policía al lugar y comenzó a investigar el cuerpo oyeron un extraño pitido. No les dio tiempo a alejarse. La bomba explotó esparciendo el cadáver por la avenida y matando a los tres guardias que se habían acercado e hiriendo levemente a cuatro de los curiosos que se habían acercado y a otros tres policías más.
Tampoco esta vez encontraron ninguna pista. El cuerpo había sido lanzado desde la ventana del despacho del director de una compañía telefónica. Todos los empleados del edificio fueron interrogados. Nadie había visto a nadie que no debiera estar allí entrar en el despacho, no había ninguna pista de las cámaras de seguridad, y no había sangre ni signos de violencia en la habitación. Una empleada de la limpieza había oído el ruido del cristal y había conseguido la llave de la habitación para entrar en ella. Cuando entró, sólo halló el cristal roto, y en la calle ya se oían los gritos de los que habían visto la caída del cuerpo. No se vio a nadie en el despacho ni en las cercanías.
Pero esta vez tenían una pista más. Los asesinatos tenían un orden claro. Los lugares donde se encontraban los cuerpos formaban una figura: una estrella de seis puntas. Heidegger marcó los emplazamientos en un mapa de la ciudad y terminó de dibujar la estrella. Después, envió a sus hombres a vigilar estrechamente los lugares donde era más probable que pudieran aparecer los cadáveres dentro de las zonas donde aparecerían los dos cuerpos. El siguiente lugar donde aparecería una víctima sería un parque muy concurrido, y el último cadáver sería encontrado en las inmediaciones de un puente. No podía permitir que apareciera ese cadáver. No podía evitar que muriera una persona más, pero debía detener al asesino en el parque.
El propio Heidegger formó parte del cuerpo enviado al parque, vestido con ropas civiles. Era consciente de que después del último asesinato era peligroso estar allí, pero no podía soportar quedarse en su casa, a salvo. Desde primera hora de la mañana se puso a pasear por el parque, vigilando a todos los que pasaban por allí, buscando algo sospechoso. A mediodía, se oyó un grito en uno de los senderos del parque, y Heidegger y dos policías más corrieron hacia allí, esperando llegar a tiempo para cogerle. Heidegger corría por el sendero paralelo al lago mientras sacaba el arma y llegó hasta el lugar donde se había oído el grito.
Un hombre forcejeaba con una mujer intentando quitarle el bolso que llegaba colgado del hombro. Los policías se lanzaron sobre el hombre y lo esposaron. Mientras se lo llevaban, Heidegger se quedó inmóvil mirando al agua. Todo el día vigilando. Y por culpa de aquel ladrón, tres de los policías del lugar acababan de descubrirse ante el asesino. Ahora lo tendría mucho más fácil. Y entonces vio algo moviéndose en el agua. No sabía qué era aquello, una sombra que se movía en el fondo del lago. Se acercó y observó el fondo. No podía ser…. Media hora después, dos policías sacaban del fondo del lago un cuerpo atado a una roca, con el número cinco grabado en esta. La mujer había muerto ahogada, bajo el agua. La víctima había llegado viva hasta allí. El asesino se había arriesgado mucho para conseguir aquello, pero había conseguido burlar a todo el equipo de policías disfrazados de civiles.
Y entonces Heidegger se dio cuenta. Habían sido estúpidos, muy estúpidos. Llevaban allí todo el día, en un parque completamente rodeado de edificios. El asesino no habría tenido ningún problema para detectar a los policías haciendo sus repetitivas patrullas durante todo el día, y ni siquiera había necesitado acercarse al parque. Podría haberlos estado observando desde uno de los edificios anexos al lugar. Ahora sabía quiénes eran. Ahora conocía su cara. Ya no podría esperarle en la última localización del cadáver. Y no le había supuesto ninguna dificultad situar allí el cuerpo. Sólo le habían allanado el camino. Y sólo les quedaba una última oportunidad para atraparlo.
Durante la siguiente semana, Heidegger y su equipo trabajaron incansablemente para cubrir completamente el puente. No tenían descanso, apenas dormían lo suficiente para mantenerse en pie. Colocaron guardias en tejados, obtuvieron permisos para situar guardias en ventanas de casas particulares y cubrieron las calles y el puente con policías vestidos de paisano. Esta vez no escaparía. Todo estaba cubierto y planificado al milímetro.
El domingo por la tarde, algunos policías vestidos con ropas civiles inspeccionaron la zona para asegurarse de que el asesino no hubiera situado ya el cadáver en la zona ó colocado alguna bomba ó cualquier cosa que pudiera ayudarlo a escapar, así como intentando localizar los puntos más probables donde podría aparecer el cadáver para mantenerlos vigilados. No encontraron nada sospechoso, y marcaron cuatro puntos importantes: los extremos del puente, las barandas del mismo y su parte inferior, por la que pasaba un pequeño río dejando espacios en sus márgenes por los que era posible pasar caminando.
Desde el lunes por la mañana, los policías se situaron en la zona. Dos bajo el puente, camuflados entre los escombros y basura acumulados en las márgenes del río. Tres en el puente y dos en cada extremo, todos camuflados entre la población civil. Un francotirador en el tejado de cada edificio cercano, y varios situados en las ventanas de las casas particulares a las que habían obtenido acceso. Karl Heidegger se hallaba en uno de aquellos pisos, acompañando a un francotirador desde una ventana por la que podía observar todo el puente y los edificios donde se hallaban situados sus hombres. Era un emplazamiento perfecto. Iban a atraparlo, costara lo que costara.
A mediodía había un flujo increíblemente alto de personas que cruzaban el puente. Los policías, continuamente comunicados entre sí por micrófonos, no eran capaces de controlar toda la multitud que pasaba por allí. Heidegger, nervioso, vigilaba sin cesar como podía a los policías situados en el puente. Era imposible mantenerlos controlados en todo momento. Los perdía de vista continuamente, y después tardaba en volver a localizarlos. Los policías empezaban a ponerse nerviosos y a cometer errores. No cesaban de moverse por el puente, observando a su alrededor, descuidando la vigilancia y seguridad de sus compañeros en virtud de la suya propia.
Y uno de ellos estaba apoyado en la barandilla del puente, mirando hacia abajo. Cuando Heidegger lo vio no sabía cuánto tiempo podía llevar en aquella posición. Le avisó del peligro por el comunicador, pero el hombre no respondió. Uno de los policías del puente se acercó a él. Asustado, gritó que estaba muerto. Una cuchilla de afeitar dentro de su boca le había sesgado la garganta.
Se dio la orden a los francotiradores de que extremaran la atención al puente porque el asesino podía encontrarse todavía en él. Uno de ellos no respondió. Heidegger envió a uno de los guardias que quedaban en el puente a buscarle y lo encontró muerto. Al momento siguiente, un grito resonó en el comunicador. El asesino estaba en el tejado, y había matado a otro policía más.
El francotirador que acompañaba a Heidegger salió corriendo, desenfundando el arma, mientras un pitido muy leve iba haciéndose más audible. Heidegger gritó, pero era demasiado tarde. Cuando el hombre cruzó el marco de la puerta, Heidegger apenas tuvo tiempo de apartarse a un lado para evitar que la potencia de la explosión lo lanzara por la ventana. Recibió un fortísimo golpe contra la pared que le dejó desorientado y sin sensibilidad en toda la parte izquierda de su cuerpo.
Mirando por la ventana, pudo ver a la gente que corría despavorida por el puente mientras los policías que quedaban corrían hacia él. Iban a perder al asesino, pero no podía dejar que ocurriera. Seguía estando cerca, lo sabía. Salió de la habitación con la pistola en la mano, dolorido, desorientado, casi sin poder ver, entre los restos sanguinolentos de su compañero esparcidos por el suelo. Comenzó a bajar corriendo por las escaleras cuando pensó, todavía embotado, que bajaría más rápido por las escaleras de emergencia. Los habitantes del edificio corrían aterrorizados hacia la calle, estorbándole el paso. No oía sus gritos, se había quedado sordo por efecto de la explosión. Llegó a las escaleras de emergencia a trompicones y comenzó a bajarlas, a punto de caer. Y entonces, mirando hacia el suelo, vio en el callejón sobre el que se encontraba una boca de alcantarilla abierta. El asesino había huido por allí.
Bajó por ella, y una corazonada le indicó por dónde debía continuar. Echó a correr, resbalando, entre la oscuridad de las alcantarillas, hasta que observó al fondo de un pasillo que partía de aquel por el que corría él una puerta abierta que se movía, comenzando a cerrarse. Ya lo tenía, estaba allí. Cruzó la puerta alerta, con el arma preparada para disparar.
Se hallaba bajo el puente, y una sombra se alejaba nadando a favor de la corriente. El asesino escapaba. Rápidamente, Heidegger buscó a los dos policías que hacían guardia allí. Muertos. Heidegger subió al puente y comenzó a ordenar las tareas de búsqueda para capturar al asesino que avanzaba río abajo. Como Heidegger ya suponía, no fueron capaces de encontrarle. Una vez más, el asesino había sido más inteligente que ellos.
Heidegger no entendía por qué había pasado aquello. Habían perdido la última oportunidad de atrapar al asesino. Pero esta vez no habían encontrado ningún cadáver, ningún número indicando la victoria del asesino. Sólo policías muertos. Seis policías muertos. Y entonces lo entendió. Seis policías. Seis muertos. El sexto asesinato. El asesino había logrado completar la estrella. Había ganado.
Registraron toda la zona, analizando los restos de la explosión, buscando dónde habría podido conseguir el asesino los explosivos. Encontraron ocho sospechosos, y uno de ellos era el hombre que había aparecido muerto en el cine. Los demás, todos militares de alto rango, fueron investigados y declarados inocentes de los asesinatos. Una vez más, no tenían nada. Por última vez, no tenían nada. Se acabó. Había escapado.
Durante esa semana, Heidegger recuperó totalmente el oído. Pero no podía dejar de pensar en que no había podido coger al asesino. No podía dormir y cada vez se encontraba peor. Estaba completamente obsesionado. Se estaba volviendo loco. Al lunes siguiente, completamente agotado, no pudo trabajar en todo el día pensando en el asesino. Si volviera a aparecer, si tuviera una última oportunidad. No dejaba de mirar la estrella de seis puntas dibujada en el mapa que cubría una pared entera de su despacho.
Y, entonces, cuando ya iba a irse a su casa, derrotado, sonó el teléfono. Un hombre vestido de negro tenía seis rehenes en lo alto del rascacielos situado en el centro de la ciudad. Heidegger miró el mapa. Aquel hombre se encontraba justo en el centro de la estrella.
Minutos después, Heidegger corría veloz con su coche hacia el centro de la ciudad. Sabía lo que estaba ocurriendo. Aquel sádico se estaba dejando coger, pero pensaba dejar sus últimos cadáveres. No iba a permitirlo. Cuando llegó al edificio, la policía ya lo tenía acordonado e intentaba contener a los curiosos. Un helicóptero sobrevolaba el edificio, pero no podía disparar. Era demasiado peligroso. En una pantalla, Heidegger pudo observar la situación grabada por una cámara desde el helicóptero. El asesino era un hombre joven, con barba oscura y mirada amable. Evidentemente, nadie pensaría de él que pudiera cometer tales aberraciones. Se encontraba en el centro de la azotea con la pistola en alto, de espaldas a la puerta, apoyado contra ella y cubierto por el frente y los lados por sus seis rehenes, todos hombres jóvenes como él. Podía verse una gran sonrisa en su rostro que transmitía una tranquilidad escalofriante. Los policías habían estado esperando a Heidegger para actuar. No parecía que el asesino tuviera prisa alguna para resolver aquella situación. Estaba esperando. Disfrutaba con aquello. Se dejaba coger, Heidegger lo sabía. Y pensaba capturarlo sin víctimas.
Sólo, lentamente, y en silencio, Heidegger subió cuidadosamente las escaleras del edificio. No se arriesgó a subir en ascensor. No había ningún peligro en las escaleras. Llegó silenciosamente hasta la puerta tras la cual se encontraba el asesino. La inspeccionó rápida, silenciosa y cuidadosamente, pero no encontró ningún explosivo y no parecía que la puerta estuviera bloqueada. Demasiado fácil.
Con el corazón desbocado, preguntándose qué era lo que no había tenido en cuenta, se preparó para abalanzarse sobre la puerta y desarmar al hombre que estaba al otro lado. Heidegger saltó, intensamente concentrado. La puerta se abrió de golpe, derribando al hombre al otro lado. Aún en el aire, agarró el brazo armado del asesino, tirándole el arma lejos y bloqueándole el cuerpo, rompiéndole el brazo derecho. Heidegger cayó boca arriba, con el asesino bloqueado sobre él, con el brazo roto, y pudo ver a los rehenes. No habían recibido daño alguno.
Y entonces pudo ver cómo los seis hombres desenfundaban una pistola. Mientras el hombre que mantenía bloqueado en el suelo soltaba una salvaje risotada, Heidegger pudo ver cómo los hombres apuntaban al unísono las pistolas hacia sus cabezas y apretaban el gatillo. Mientras su mirada se teñía del rojo de la sangre y el horror se instalaba en sus entrañas, Heidegger sólo pudo ver seis cuerpos inertes que caían al suelo mientras una carcajada inhumana atravesaba sus tímpanos. Heidegger quedó inmóvil, bloqueado. Ninguna palabra volvió a salir de su boca el resto de su vida. Su cara quedó reducida a una mueca insoportable. Era el espejo del horror.
Su nombre era Marthin Constance. Era un hombre de mediana edad, moreno, de complexión recia. Adoraba la lectura, la tranquilidad y le encantaba pasar su tiempo libre reflexionando, pensando, dejando vagar su mente. Se entusiasmaba con cualquier problema que presentara un estímulo para su inteligencia, los cuales no eran muy abundantes. Se emocionaba con cualquier historia que lograra captar su atención y presentara un reto para comprenderla. Cuando necesitaba tranquilizarse, su costumbre consistía en escuchar las baladas de sus grupos heavy favoritos, pero nada lo relajaba más que salir a correr a cualquier hora hasta quedar agotado. Cuando no era capaz de concentrarse, se ponía un chándal, salía a correr, solo, por lugares poco transitados y, al volver, agotado, se tumbaba un tiempo a dormir. Al levantarse, aún cansado, era cuando notaba su mayor rendimiento para hacer cualquier cosa. Era entonces cuando ningún problema se le resistía. Entonces, era capaz de lograr casi cualquier reto que se hubiera propuesto.
Una de sus peculiaridades que más perjuicios le causaba era su incapacidad para cesar cualquier actividad. Simplemente, era completamente incapaz de sentarse, relajado, sin hacer nada. Cada vez que lo intentaba, se desesperaba cada vez más, y, para cuando reparaba en ello, tenía algún pensamiento o problema rondando por su cabeza. Tal vez por eso tenía costumbre de escribir hojas que luego rompía, para descargar la actividad de su cerebro. A veces pasaba días enteros sin dormir. Era entonces cuando cogía sus folios y descargaba su mente sobre ellos hasta quedarse bloqueado. Y entonces lograba dormir, aunque apenas descansaba un par de horas al día.
Tenía fama de cínico y reservado, tal vez acentuada por su carácter más bien romántico, su costumbre de vestir siempre de oscuro y su peculiar sentido del humor, algo siniestro. No obstante, sus amigos siempre se mostraron muy agradecidos con él, y nunca volvió la espalda a nadie que solicitara su ayuda. Gracias a esto, siempre contó con un gran número de amigos y conocidos a los que pedir consejo en los momentos más complicados de su vida. En el instituto fue el primero de su promoción, y más tarde continuó deslumbrando a todos sus conocidos por su capacidad intelectual.
Pronto terminó su carrera siendo uno de los universitarios mejor preparados, y con multitud de referencias positivas sobre su persona. Antes de terminar su último año en la carrera ya trabajaba en una empresa como programador y diseñador de programas, y tres años después comenzó su trabajo como investigador para la NASA, donde resolvió con éxito la mayor parte de los problemas de programación que se le plantearon. Gracias a él, se hicieron numerosos avances y descubrimientos en la exploración espacial, pero él siempre otorgaba el mérito a todo su equipo, aunque era él quien desarrollaba la mayor parte del trabajo. Gracias a esto, disponía de un equipo de profesionales altamente cualificados que trabajaba hasta la extenuación, ansiosos por alcanzar su nivel. Era muy conocido dentro del ámbito de su profesión, aunque nunca se aprovechó de su situación ni tuvo grandes ambiciones.
Su vida no había sido fácil. Huérfano, había visto morir a su madre adoptiva de un ataque al corazón con tan sólo seis años. Cinco años después, su hermano menor murió durante un atraco a una farmacia en la que se encontraban. El atracador era un drogadicto que sólo quería colocarse, y no le importaba quién tuviera que pagar su vicio. Esa vez le tocó a su hermano, que murió de un balazo en el pulmón, ante sus ojos. Un día después, el delincuente fue encontrado en su casa… muerto, por sobredosis. Y algunos años después su padre fue atacado de repente por otro enemigo, casi peor que los anteriores: el Alzheimer. Murió cuatro años más tarde, y para entonces ya no reconocía a su hijo cuando iba a visitarlo a su cama del hospital. Tal vez debido a esta vida, siempre, desde que podía recordar, había tenido un único miedo, su única obsesión: el destino.
Durante mucho tiempo, intentó investigar por su cuenta, con todos los medios de los que disponía, algún método para conseguir ver el futuro, su destino. No lo logró, y entonces perdió la esperanza por conseguirlo y se dedicó enteramente a su trabajo. Pero nunca logró olvidar su gran fracaso, su único fracaso. Y ahora, cuando ya había cesado de buscarlo, de intentarlo, parecía que había encontrado la solución a su problema.
Había recibido un encargo personal de un proyecto de investigación, continuando el trabajo de algunos investigadores sobre los agujeros negros. El reto consistía en lograr introducir una pequeña nave en su interior y hacerla regresar con un aparato de grabación para averiguar los secretos de su interior. Gracias a sus investigaciones, el aparato de grabación que había desarrollado parecía totalmente preparado, en la teoría. Desgraciadamente, no podía probarlo, porque, al contrario que el sistema de grabación, la nave era un completo fracaso.
Pero continuaba investigando, y había conseguido algo mucho mejor. Sin ningún tipo de ayuda, había pasado los últimos años investigando en su tiempo libre, completamente obsesionado, desarrollando su gran idea, y ahora parecía que lo había logrado: fabricar un agujero negro artificial, en miniatura, completamente controlado y en el que se podía mirar, sumergirse en su interior y descubrir….
Todas sus teorías estaban finalizadas, y según ellas lo que se vería a través del agujero sería la propia realidad del sujeto que observara… pero no en el presente, sino en el futuro. Tenía la máquina fabricada, ahora mismo estaba observando al agujero negro girar, oscuro, hipnótico, misterioso. Ya sólo le restaba mirar en su interior. Según su teoría, observaría su propio futuro, algún suceso aleatorio de su vida, pero ineludible. Si sus teorías resultaban ser ciertas, daría a conocer su trabajo a la comunidad científica y sería el gran éxito del siglo. Si sus teorías resultaban ser ciertas… no habría fracasado en nada en la vida. Podría considerarse satisfecho.
Cogiendo aire, nervioso por la incertidumbre, se inclinó sobre la máquina, observando directamente la profundidad del abismo. Lo que vio lo trastornó totalmente. Él, armado con una pistola, la pistola policial de repuesto de su padre, que aún guardaba como una reliquia en el pequeño cajón debajo de su mesa de trabajo, que estaba junto a él. Y, seguidamente, los cadáveres de su mujer y de su hijo en el suelo de la sala de trabajo, la habitación donde ahora mismo se encontraba.
No pudo soportarlo. Horrorizado, se dijo que no permitiría que aquello ocurriera. Sacó la pistola del cajón para proteger a su mujer y a su hijo. No lo permitiría. La puerta de la habitación se abrió, y su mujer entró con su hijo de la mano justo cuando él apretaba el gatillo. La sangre salpicó la pared tras él. Se había volado la cabeza.
Cuando llegó la policía a la casa, alertada por los vecinos, lo primero que hallaron en la habitación fueron los cadáveres de la mujer y del niño junto a una pistola. El rostro de la mujer estaba bañado en lágrimas. Aparentemente, había matado a su hijo y se había suicidado después. El horror se veía reflejado en la mueca de su cara. Su marido se hallaba tendido al fondo de la habitación, tras la mesa, con un agujero en la nuca. La bala se había introducido por la boca y había salido por la parte posterior de la cabeza. Reflejado en sus ojos podía observarse aquella masa oscura, informe, hipnótica. Intrigado, el jefe de policía se inclinó sobre la máquina y observó su interior. Lo que vio lo persiguió, atormentándolo, el resto de su vida.
Aquí os dejo un nuevo relato. Espero que os guste.
Seguía corriendo, incansable. No sabía cuánto más podría aguantar, pero ya estaba desesperada. Llevaba días soportándolo, se había arañado la piel, y se veían los agujeros de las heridas autoinfligidas en su carne, pero ya no era suficiente. Tenía que buscar, tenía que encontrar….
Tenía los ojos inyectados en sangre, se mareaba, casi no podía ver, se guiaba sólo por el oído y el olfato. Casi no veía por dónde iba. Tenía sed, mucha sed. Un solo pensamiento. Sed, necesitaba beber. Pronto ya no podría controlarse, ya le costaba pensar, el instinto la dominaba. Beber, y pronto. Lo necesitaba.
El agua no calmaba su sed, la comida no lograba saciarla. Necesitaba beber. Se paró en un oscuro callejón. Podía olerlo. Estaba cerca. Intentó controlarse, pero el instinto era más fuerte que ella. Con un salto increíble, se encaramó a unas escaleras que colgaban de un edificio cercano y las subió veloz como un rayo. Ya en lo alto del edificio, se asomó por el otro extremo.
Un policía caminaba sólo por la calle, mal iluminada por las farolas repartidas por ella, bañada por la luz de la luna. Silenciosamente, con unos movimientos cuidadosamente estudiados y repetidos innumerables veces, descendió a la calle a espaldas del hombre. Sólo una vez más, lo necesitaba.
Con un movimiento veloz guiado por el instinto y la necesidad, bloqueó con un brazo al policía, impidiéndole gritar con su mano mientras con la otra le quitaba la pistola y le dirigía un preciso golpe seco contra su cabeza. El cuerpo cayó inerte al suelo. Estaba inconsciente.
Arrastró al policía hacia la oscuridad, más segura, más agradable para ella. La luz de las farolas la mareaba, la desconcentraba. Registró al policía, guardándose la pistola y su dinero y lo observó. Había llegado el momento. Tenía sed, había sido tan fácil….
La mujer torció la cabeza del policía y se inclinó sobre él. Clavó los colmillos en su carne y bebió. La sangre se deslizó suavemente por la garganta, calmando la sed. Ya se sentía mejor. Ya era suficiente, por lo menos por esa vez. Sabía que en otro momento necesitaría volver a beber, pero por esta vez ya tenía suficiente.
Ahora ya era uno más. Pronto, aquel hombre se levantaría y no sabría por qué estaba allí, tumbado. Buscaría su pistola, su dinero, y no lo encontraría. Continuaría con su vida sin saber lo que había pasado, pero pronto notaría algo raro, se sentiría incómodo. La sed lo obsesionaría, la luz lo atormentaría, hasta que finalmente, ya desesperado, el instinto lo empujaría a beber sangre. Y entonces comprendería en qué se había convertido.
Casi podía sentir esa sensación, recordarla otra vez: la desesperación, el rechazo, la repulsión. Pero ya llevaba demasiado tiempo, demasiada sangre, como para sentir remordimiento alguno por lo que le acababa de hacer a aquel hombre. Sabía que acababa de condenarlo, que viviría igual que ella, torturado por la luz, obsesionado con beber, pero mientras se alejaba en la oscuridad sólo podía pensar en cuánto tiempo pasaría hasta que volviera a sentir esa sed insaciable. ¿Cuánto más podría seguir así?
Bueno, me despido del blog por una temporada. Espero que os guste este relato.
- ¿Pero no crees que podríamos haber hecho algo? Quiero decir, nos habría dado tiempo, quizás lo habríamos conseguido.
- Déjalo ya. Te estás destrozando, Carlos, mírate. No merece la pena torturarse por ello. Aquel tipo debería haber estado bien, pero no tenía ni sentido común. No pagues por la estupidez de otros. – respondió Antonio.
- Pero, aún así, deberíamos haber intervenido. Nos quedamos allí, observando, y no hicimos nada. Sabíamos lo que iba a pasar.
- Mira, yo ya estoy cansado. Si quieres seguir torturándote, vas a hacerlo sólo. Yo no pienso tener remordimientos por no arriesgar mi vida como un estúpido. Aquel imbécil debería haber podido salir de allí, si no hubiera estado borracho. No voy a preocuparme por alguien que no es capaz ni de cuidar de sí mismo. No voy a seguir con esta conversación. Me voy. Hazme caso, si sigues así vas a acabar volviéndote loco.
Carlos se quedó sólo, inmóvil, sentado a la mesa. Pagó la cuenta al camarero casi sin darse cuenta de lo que hacía, como un autómata, y echó a andar por la calle. No sabía adónde iba, pero tampoco le importaba. En realidad no se encontraba allí. Estaba reviviendo, una vez más, una escena que ya se sabía de memoria.
Regresaba a casa con Antonio, andando después de una noche de fiesta. La luz de la luna y el frescor del aire nocturno le sentaban bien. Así se recuperaba del pequeño mareo que llevaba. De pronto, oyeron una voz gritando. Era algo extraña. Probablemente sería algún borracho.
Los gritos continuaron, cada vez más alto, estridentes. Era estremecedor. La curiosidad les empujó a marchar en pos de la voz. Lo que vieron les cortó el aliento. Un hombre, indudablemente borracho, se hallaba detenido en las vías del tren. No se movía de allí, probablemente se hallaba atrapado, o simplemente aterrado. Gritaba, mientras intentaba salir de allí, agarrándose la pierna convulsamente, sin control, ni siquiera coordinaba los movimientos. Un tren se dirigía directamente hacia él. A esa velocidad, lo aplastaría.
Carlos se giró hacia Antonio, inmóvil, conmocionado. Por un momento, pensó en instarle a salir a ayudar a aquel hombre, pero Antonio se adelantó a él, mirándole con una expresión que indicaba que no pensaba ayudarle. Horrorizado, Carlos se movió hacia el hombre de nuevo. No pudo soportarlo y corrió hacia las vías, pero ya era tarde. No había llegado a dar un paso cuando el tren pasó, arrollador, sobre el cuerpo del borracho, regando de sangre las vías. Un grito desgarró el aire nocturno.
Carlos y Antonio, aterrados, echaron a correr, separándose cada uno en una dirección. Carlos corría sin detenerse, para no pensar, conmocionado. Cuando llegó a su casa, por fin se detuvo. Respiró profundamente, intentando asimilar lo que acababa de ver. Se dirigió al baño y se mojó la cara. Observó su mirada reflejada en el espejo. Por fin, ya no pudo soportarlo más…. Mientras sostenía la mirada de aquel monstruo cobarde, vomitó.
Imaginad esta situación. No hay salida posible, no poder escapar. ¿Qué pensaríais vosotros? Espero que os guste. Pensadlo.
Llevaba ya un rato observándolos. Todos estaban muy decaídos, algunos lloraban, otros no eran capaces ni de moverse. El silencio era casi total. Todos se iban acercando uno por uno a presentar sus respetos a ése hombre que yacía en el interior del ataúd.
El hombre que se encontraba alejado de ellos se acercó lentamente al grupo. Nadie le prestó atención mientras se inclinaba sobre el ataúd y lo observaba detenidamente mientras descendía suavemente bajo la tierra. Unos hombres comenzaron a echar tierra sobre él, y no se molestaron en apartarlo. No le veían. Él estaba dentro del ataúd, estaba en su propio entierro, y veía desde fuera cómo la tierra lo iba cubriendo lentamente. Estaba muerto, pero eso no le apenaba. Lo verdaderamente triste era observar las lágrimas de los que lo rodeaban: sus familiares, sus amigos.
Quería que se fueran ya, quedarse sólo y pensar. Sólo pensar. Ya no lo soportó más, y empezó a gritarles, a decirles que estaba allí, que estaba bien. Y, como ya había comprobado antes, nadie le respondió. Nadie le dirigió una mirada. No le veían, no le oían, no sabían que estaba allí. Sin embargo, él sí los veía, y no soportaba verlos, no de ese modo. No soportaba estar muerto.
Se alejó corriendo de allí, directamente a las puertas del cementerio. No sabía adónde iba, pero no soportaba quedarse. Y al llegar a las puertas, reapareció junto a su tumba. De nuevo la tristeza, de nuevo los llantos…. No podía salir de allí.
Abatido, soportó en silencio los últimos momentos del entierro. Poco a poco, la gente se fue marchando, y él se quedó sólo, meditando. De pronto, decidido, se levantó y se puso a andar por el cementerio. Mientras andaba, iba pensando en todo lo que le había pasado, su vida, todo lo que había quedado atrás, y que nunca volvería a tener. Y pensar que nunca se había dado realmente cuenta de lo que tenía, de lo afortunado que era. Así que era verdad eso que decían de que no valoras algo hasta que lo pierdes…. Pero esta pérdida era demasiado cruel, y no sólo para él, también para otros. Su familia….
Mientras andaba, observaba continuamente su alrededor, intentando buscar a alguien. Aquel lugar estaba plagado de difuntos, tenía que haber alguien allí. Recorrió todo el cementerio buscando, en vano. Allí no había nadie. Ningún muerto se alzaba entre las lápidas para dirigirse hacia él. Estaba completamente sólo. Volvió a intentar salir de allí por todos los medios, y cada nuevo intento acababa de nuevo junto a su tumba.
Llegó la noche, y se recostó para dormir junto al lugar donde reposaba su cuerpo. No tenía sueño, de hecho dudaba de que necesitara dormir una vez muerto, pero ya había comprendido que no podía hacer nada. Estaba allí, sólo, encerrado para siempre. La verdad era que, para soportar esa realidad, prefería no estar soportando nada. Si así acababa todo, si ése era el final del camino, prefería seguir andando o desaparecer. Cerró los ojos deseando no volver a abrirlos nunca más.
Más nos valdría aceptar ciertos extremos. La intolerancia y la violencia no lleván a ningún sitio.
Hora: 18:59. Tiempo: nublado. Posibilidades de éxito: 89 %. Riesgo de la operación: 89 %. Buen momento para matar. Buen momento para morir. Como cualquier otro momento, como cualquier otro día. Ese día sería recordado por todas las generaciones posteriores. Ese día los oprimidos se levantarían en masa. Ese día era el comienzo de una nueva era.
Año 2579. Hacía ya muchos años, una crisis energética a nivel mundial sin precedentes sembró el caos en el mundo. La situación llegó a ser irresoluble, la energía no llegaba a la población civil, así como los alimentos, debido a la imposibilidad de su transporte, la conflictividad social se disparó, la miseria se extendió por la población mundial, se desató una guerra de dimensiones mundiales donde el combustible, ya muy escaso y a precios exorbitados, era malgastado en la guerra. Especuladores de todo tipo y organizaciones terroristas aprovecharon también la situación. Se declaró un estado de sitio mundial.
El resultado de la guerra: un tercio de la población mundial fue aniquilada. La pobreza entre los supervivientes era absoluta. Todas las organizaciones religiosas desaparecieron, convirtiéndose en defensoras de la guerra de un determinado bando con todo tipo de pretextos. Pero la escasez de energía durante la guerra propició la investigación en nuevas formas de obtención, llegándose al gran descubrimiento: biohell. Con esta nueva fuente de energía, minúsculas porciones de tejido vivo modificadas genéticamente eran capaces de ser autoclonadas y autosuministradas automáticamente en cualquier aparato que precisara energía de cualquier tipo. Sólo se suministraba la energía precisa e imprescindible, sin ningún malgasto, sin contaminación, y al ser autoclonable se había encontrado la auténtica energía renovable.
Tras la guerra, esta energía fue la panacea para la recuperación económica mundial, y en unos pocos años la economía mundial ya se hallaba totalmente restablecida. La pobreza fue totalmente erradicada. Gracias a esta tecnología se dio un gran auge en investigación, especialmente en cibernética, aplicándose también para la autoclonación y regeneración del organismo humano. Se intentó alargar la vida de las personas, pero se llegó a un límite imposible de traspasar: pese a todo tipo de avances médicos, la continua autoclonación de tejido vivo degeneraba irremediablemente en cáncer, y el individuo moría. Por lo tanto, se optó por implantes cibernéticos. Cada vez que un cáncer era detectado, el miembro afectado era amputado y sustituido por un implante cibernético, que pronto fue perfeccionado e indiferenciable de su análogo natural. Lo único que era necesario que perdurara era el cerebro, el resto podía ser sustituido.
El siguiente paso estaba claro: la creación de cyborgs, máquinas con tejidos humanos pero base programable, se extendió. Ahora, los cerebros eran cibernéticos, con una carcasa de tejidos humanos. Se había logrado una simulación tan perfecta de los sentimientos que las máquinas habían llegado a tenerlos. Y habían desarrollado, sin ser programadas para ello, algo mucho más complejo y asombroso: un nivel de empatía mayor que el de los humanos. Desde entonces, socialmente, los cyborg habían sido totalmente aceptados. Ahora, desarrollaban el mismo tipo de actividades que los humanos, exactamente con los mismos derechos y obligaciones.
Sin embargo, lo que quedaba de las organizaciones religiosas se había fusionado en una única congregación, y se oponían con gran fuerza a sus derechos. En ese momento, ella se encontraba en lo alto del edificio que era sede de la Primera Reunión por los Derechos de la Humanidad, y el líder de esa organización, un retrógrado espécimen humano llamado Lawrence Constance, se levantaba de su asiento para dirigirse al atrio donde daría su discurso. Mientras lo observaba caminar a través de la cristalera del tejado del edificio, ella sabía lo que iba a pasar. Él daría su discurso discriminatorio, y la multitud que lo escuchaba, enardecida por sus palabras, saldría a la calle dispuesta a manifestarse en contra de los derechos de los cyborg. Pero no dejaría que eso ocurriera. Ése era su fin, el fin del mayor exponente de la opresión a los suyos. Tras su muerte, los cyborg se alzarían y harían valer sus derechos.
En el momento en que Lawrence, ya en lo alto de la tarima, se acercaba al atrio, una mujer rompió la cristalera del tejado del edificio, cayendo sobre él y, gracias a la precisión que le proporcionaban sus implantes cibernéticos, eliminó con un certero disparo a cada uno de los cinco guardias que se hallaban en la sala.
Lawrence echó a correr hacia la parte posterior del atrio, y desapareció tras las cortinas. Perfecto, el plan había sido desarrollado a la perfección. Inmediatamente después de desaparecer tras las cortinas, resonó el estruendo de una explosión y el cuerpo desmembrado de Lawrence reapareció en la tarima, rodeado por las llamas. Se desplomó ante los pies de la cyborg, ya muerto.
El caos se desató en la sala, y la multitud que allí se hallaba echó a correr despavorida, pero otros cuatro cyborg armados aparecieron por la puerta principal. En cuestión de segundos, la situación estaba controlada y todos los allí presentes habían sido tomados como rehenes en el centro de la sala. La única excepción era una mujer que se había separado del grupo y se hallaba arrodillada ante el cuerpo del recién fallecido.
La cyborg se acercó a ella y la miró. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. La apuntó con el arma. Merecía morir. Era la mujer de aquella escoria. Apretó el gatillo, y la cabeza explotó en medio de un estallido de piezas metálicas. Aquella mujer, la esposa del mayor opositor a los cyborg en el mundo, era un cyborg. Conmocionados, los cyborg bajaron las armas.
Al día siguiente, los cinco cyborg se hallaban presos en la prisión mundial de máxima seguridad. Un día después, los cinco aparecieron muertos en sus celdas. Se habían suicidado, y escrito con sangre en la pared de cada una de sus celdas se leía: “La muerte no es el camino”.
¿Quién dice que no sea cierto?
- Buenos días, Gris 66.
“¿Qué ocurre? ¿No se suponía que no iba a despertar de nuevo?”
- Buenos días, Gris 66.
“¿De qué me habla este? Me parece que ya desvarío.”
- Buenos días, Gris 66.
“Qué pesado. Será mejor que abra los ojos”. –“Buenos días” – respondió. Abrió los ojos y una luz le deslumbró. Tuvo que volver a cerrarlos rápidamente mientras veía luces por todas partes. Se suponía que no iba a volver a despertarse. Intentó recordar…. Sí, desde luego, lo último que recordaba era estar en una cama del hospital. Estaba muy grave, con unos dolores terribles después de la última parada cardíaca. Llevaba meses resistiendo, y los médicos le dijeron que ya no tenía esperanzas de sobrevivir. Le sedaron para que no sufriera contra su voluntad. Veía las lágrimas de sus familiares mientras se sumía en un tranquilo sopor del que sabía que no iba a despertar. Y ahora estaba despierto…. Nada le dolía, nada. En realidad, no sentía nada. El corazón no latía, no respiraba, y sin embargo estaba vivo.
- Me alegro de que hayas despertado tan rápido. Muévete de ahí, por favor. Dentro de poco llegará el siguiente. Le pediré a Azul 5 que lo atienda.
Abrió de nuevo los ojos y la luz volvió a deslumbrarle. Cuando pudo ver de nuevo, observó una nube gaseosa informe de color indeterminado. No, no era indeterminado… simplemente, era cambiante. No se mantenía quieto nunca, era hipnótico. ¿Qué era eso?
Intentó ponerse en pie, y se tambaleó. Pero no cayó. Se mantuvo como… ¿flotando? Se miró los pies y lanzó un grito de terror. No tenía pies. Sólo veía una masa gaseosa gris que brillaba radiante, deslumbrándole. ¿Qué significaba esto?
La luz cambiante se volvió hacia él y le habló:
- Me presentaré. Soy El Profeta. Debo decirte que estás muerto, y ahora mismo te encuentras en un lugar de paso entre los mundos. Dentro de poco aprenderás todo lo que necesitas saber sobre este lugar. Ahora te dejaré con Rojo 13, que te explicará todo lo necesario sobre este lugar.
Se alejó, y poco después apareció una nube roja que le saludó y le invitó a dar un paseo. Era sorprendente, iban como flotando sobre el suelo. Por el camino, se encontraron con un anciano que iba paseando por la calle. Él se giró y le habló, pero el anciano continuó su camino sin prestarle atención. Rojo 13 le explicó que nadie los vería ni les escucharía, ya que estaban muertos. No comían, no dormían, no sentían nada, y no podían tocar nada. Pero tenían unas sorprendentes capacidades intelectuales. Lo único que querían era salir de allí, morirse del todo, llegar a otro lugar, y para ello debían seguir las enseñanzas de El Profeta.
Continuaron andando y hablando por el camino, mientras se cruzaban con otras nubes de diferentes colores, y aprendió mucho sobre su nueva situación. Cada vez que llegaba un nuevo espíritu al lugar, le informaban sobre la situación en que se encontraba. Tenían todos unas capacidades intelectuales sobrehumanas, y apenas en cuestión de semanas todos los recién llegados ya dominaban a la perfección todos los conocimientos físicoquímicos existentes del mundo humano, en el que se encontraban. Hacía ya mucho tiempo que habían resuelto el misterio del origen de la existencia y del universo. Para ellos, el conocimiento era sólo un entretenimiento más. Los mayores enigmas eran problemas insignificantes. Pero seguían sin saber cómo salir de allí. Sólo El Profeta lo sabía, y debían seguir sus enseñanzas para abandonar ese lugar.
Eran tantos los espíritus que existían, y convivían todos de una forma tan homogénea, que ya habían cesado de recordar todos sus complejos nombres humanos. Ahora todos se reconocían en función del color de su espíritu y un número que marcaba su orden de llegada al paso entre vidas, como llamaban al lugar donde vivían, para diferenciarse de otros espíritus del mismo color. Mientras andaban, se dio cuenta de que la luminosidad de su aureola gaseosa aumentaba al acercarse a otros espíritus, y era mayor cuanto más espíritus se acercaran.
Todos llevaban la misma vida. Se regían en toda su existencia por las normas de El Profeta para poder pasar a la siguiente vida. Algunos habían llegado a automatizar su vida de tal modo que ya no pensaban, no respondían a nada, sólo seguían el mismo patrón de comportamiento cada día de su vida. No tenían un calendario, ya que no era necesario. Eran inmortales, y cada día era sólo uno más. No podían tocar nada, ni sentir, ni sufrir, por lo que su actividad se reducía a hablar y pensar… siempre dentro de las enseñanzas de El Profeta.
Pasó el tiempo, y Gris 66 se adaptó a su nueva vida. Ya no recordaba cuánto llevaba allí, pero no le importaba. El tedio era superior a él. Vivía según las enseñanzas de El Profeta, en gran parte debido a que no merecía la pena oponerse a ellas, en parte por temor a que le repudiaran. Cada vez que alguien violaba una de sus normas era sometido a una terrible represión. No podían matarle ni herirle, pero le ignoraban, le expulsaban de su sociedad e, invariablemente, el espíritu repudiado terminaba aislándose y alejándose, solo. Algo que le resultaba curioso a Gris 66 era que El Profeta era el único espíritu de color cambiante, tal vez en irónica alusión a su también cambiante comportamiento. Tan pronto era amable con los recién llegados y con todos los que obedecían sus enseñanzas como era cruel y despiadado con los que no las obedecían, aunque fuera como comportamiento privado. Todo parecía estar dominado por él, no había lugar al que no llegara su conocimiento. Y nadie se oponía a él durante demasiado tiempo…. Por eso, Gris 66 había decidido seguirle, para evitar ser repudiado, pero no dejaba de pensar que sus mandatos eran, cuanto menos, ridículos e inútiles.
Aún así, no cesaba de investigar sobre la forma de salir de allí, de forma oculta, lentamente, para intentar escapar de la férrea vigilancia de El Profeta. De lo que se convenció enseguida era de que era inútil obedecer sus reglas. No podían contradecirle, ni abandonar las zonas habitadas hacia los llamados Campos de Repudiados, zonas no habitadas por los espíritus que vivían según las enseñanzas de El Profeta, donde se exiliaban los repudiados. Debían reunirse todos los días para escuchar sus enseñanzas, y la norma más importante era no internarse nunca en lugares oscuros, debían permanecer siempre en lugares iluminados, debido a que era la única forma de llegar a la iluminación para salir de allí. Pero hasta entonces nadie lo había logrado, y nadie tenía noticias sobre los repudiados. Por la noche, todos debían reunirse en grandes grupos en los Refugios de la Luz, donde se formaban enormes luces cegadoras visibles a kilómetros de distancia en la oscuridad.
Pasó el tiempo, y Gris 66 no lograba encontrar la forma de salir de allí, hasta que de alguna forma llegó a oídos de El Profeta sus investigaciones al margen de sus enseñanzas, y fue expulsado de la sociedad. Comenzó a vagar por los Campos de Repudiados, y descubrió que eran bastas extensiones de montes, llanuras y bosques desconocidos y misteriosos. Comenzó a aprender muchas cosas nuevas todos los días, hasta que un día decidió dar un último paso en su búsqueda. Se internó en una oscura gruta, alejada de toda luz, en la que sólo podía ver gracias a su luminosidad interior.
El miedo lo atenazaba, aunque sabía que no había nada que temer, ya que no podía recibir daño alguno. En medio de la oscuridad no veía nada. Sólo pensaba, y descubrió que en esa calma absoluta podía pensar mucho mejor, y llegó a conclusiones sobre su existencia que no había pensado antes, mientras una extraña fuerza lo llamaba desde el interior de la tierra. Estaba aterrado, pero no podía cesar de avanzar, a medida que cada vez conocía más.
Finalmente, no pudo avanzar más, aterrado. No sabía cómo, pero estaba seguro de que iba a averiguar el porqué de su estancia allí, de su existencia, de su muerte, y si podría salir de allí algún día, y a dónde. Pero temía la respuesta que podría encontrar. Y entonces pensó que daba igual. El miedo no era motivo para no querer conocer. Era mejor la verdad, aunque fuera terrible. Avanzó, y una luz lo iluminó, cegándolo. Ahora sabía la respuesta.
Regresó lo más rápido que pudo a la sociedad, aterrado por lo que estaba a punto de suceder, aterrado por lo desconocido, pero sabiendo que tenía que ocurrir, y que era ineludible. Al llegar esa noche a uno de los Refugios de la Luz, se internó entre la multitud de luces mientras no cesaba de escuchar insultos a su alrededor.
Una vez sumergido en ese mar de luces, su luz refulgió intensamente y una puerta de fuego ardiente se abrió en el cielo, rasgando la oscuridad de la noche. En ese momento, Gris 66 sintió un pánico irracional, y pensó que había desatado un peligro demasiado grande. Sin embargo, ya había tomado una decisión, e iba a llevarla a cabo hasta sus últimas consecuencias.
Sin decir nada a nadie, y mientras observaba la multitud de espíritus aterrados, se dirigió hacia la puerta. A medida que se acercaba, el terror era mayor, hasta que se abalanzó sobre la puerta para no huir. Se internó en el fuego.
Despertó. Una luz le iluminó. Unas voces le hablaban, y oyó un llanto. Era él mismo. Recordaba todo lo sucedido, su estancia en ese paso entre vidas, su vida anterior, todo lo que había aprendido, era más sabio, pero no sabía dónde estaba. Sentía el aire en su cuerpo. Una mano lo tocaba. Le latía el corazón. Respiraba. Estaba vivo. Había vuelto a nacer.
Éste es mi primer intento de escribir poesía, por lo que creo que esta no es muy buena. De todas maneras, espero que os guste. Aquí os la dejo.
Mis fuerzas se van marchando,
Ya me duele el respirar,
La parca me está llamando,
Llegó la hora de marchar.
No me importa este tormento,
Ya ni siquiera el morir,
yo lo único que lamento
Es el hacerte sufrir.
No volveré a ver tu sonrisa,
Ni tampoco a oír tu voz,
La vida escapa deprisa
Con un intenso fulgor.
¿Por qué he de morir postrado
En medio de este dolor?
Ya se me nubla la vista,
ya no siento tu calor,
Ahora lo que me invade
Es este intenso terror,
El de no volver a verte,
ni oír el susurro de tu voz.
Me marcho hacia ese otro mundo
Donde no existe el dolor.
Ya no volveré a verte,
No sabrás nada de mí,
Tan sólo me gustaría
Volver a verte reír.
No creo en esa otra vida,
No creo en el renacer,
¿Para qué morir ahora
Si mañana he de volver?
¿Por qué tanto sufrimiento
Si se recompensa el bien,
O es que tan sólo regresa
El que profesa una fe?
¿Por qué tener tanto miedo
Si mañana despertaré?
Ya no se abrirán mis ojos,
Ya nunca más te veré.
Querría estar errado,
Pero en el fondo lo sé:
No hay nada en esa otra vida,
Y ya no regresaré.
Ahora me estoy despidiendo,
Ya no te volveré a ver.
Ojalá me equivocase
Y aquí lograse volver
Para ver esa sonrisa
Y poder morir en pie.
¿Y vosotros, qué creéis que puede ser la felicidad?
El hombre caminaba por un campo. El silencio era casi absoluto, sólo perturbado por los ruidos de los pájaros que pasaban volando por allí. El campo era una vasta extensión de flores que cubrían como un manto la hierba hasta donde alcanzaba la vista. Un arrollo fluía suavemente por el campo, emitiendo un suave y relajante sonido. Nada perturbaba la tranquilidad del lugar.
El hombre caminaba sólo, feliz, tranquilo, abstraído en sus propios pensamientos. Sentía el suave roce de la hierba en sus pies, y el fragante aroma de las flores. El viento susurraba a su alrededor, relajándolo. Estaba tranquilo, y era feliz. No sabía cuánto tiempo llevaba en ese campo, y no le importaba. Lo único que sabía era que no quería salir de allí.
-“Fin de la grabación” – dijo una voz.
El campo desapareció, y el hombre regresó a la Sala de Grabaciones del Hospital. Un hombre lo levantó y, amablemente, lo instó a que saliera de la habitación. Otro paciente debía usar la máquina. Lo guiaron por los pasillos del hospital de nuevo a su habitación, donde lo dejaron sólo.
Hacía un año le habían diagnosticado un cáncer terminal en el corazón. Le decían que no perdiera la esperanza. Estaban creándole su cura personalizada a partir de su ADN, y aún tardarían en conseguirla unos días más. Pero él ya había perdido toda esperanza. En ese momento, sólo quería volver a ése campo paradisíaco al menos una vez más.
Qué aburrimiento…. Aquello era lo peor. No sabía cuánto tiempo llevaba en aquella situación. Al principio, se volvía loco cuando salía de allí, muerto de miedo…. Ahora contaba los segundos que faltaban para la siguiente salida. Por lo menos así podía andar un poco.
La celda era terriblemente pequeña. No podía dar ni tres pasos en línea recta. Y ni siquiera había luz natural. Sin duda eso era lo peor. Ya se había acostumbrado al olor. Y no era sólo el tiempo que llevaba sin ducharse o la mala ventilación. Las ratas apestaban, y el retrete de su celda ya se había atascado hacía bastante tiempo.
No…. Lo peor era la falta de luz. No podía contar los días que pasaban. Ya había perdido la esperanza de salir de allí. Lo único que lo impulsaba a continuar era ver la ira que congestionaba el rostro de aquel cabrón cada vez que se reía en su cara. Por supuesto, después pagaba cara aquella victoria.
No podía aguantar esperar más allí quieto. Hacía mucho que había cesado de moverse. Mejor sería reservar fuerzas. No sabía cuánto más aguantaría, pero estaba claro que no iba a darles lo que querían. No traicionaría a sus compañeros. Antes muerto. Y no tenían otro prisionero. Eso era lo mejor. Así que todos los días pasaba mucho tiempo con aquel cabrón. Qué ganas de que vuelvan ya, de salir de aquí, de andar un poco, de verle la cara de nuevo….
Casi no le alimentaban, y se asombraba de no haber enfermado aún. Sabía que no tenía salida, y que lo más fácil era rendirse. Pero se avergonzaría de sí mismo si lo hiciera.
La puerta de la celda se abrió. Un guardia lo levantó con un puñetazo y lo guió casi a rastras hasta la sala en la que pasaba la mayor parte del día. La puerta se abrió, y vio de nuevo la cara del cabrón que lo estaba torturando durante todo ese tiempo.
Y entonces sonrió. Una carcajada resonó en la habitación, hasta que recibió un puñetazo en el estómago que lo dejó sin aire. Y entonces pensó: “Perfecto, ya estás furioso. Empieza el baile”.
Aquí tenéis otro relato corto. Sólo imaginad esa situación. ¿Qué se puede hacer...?
Estaba cansado. Le costaba moverse. Quería seguir descansando un poco más, pero sabía que debía levantarse. Tal vez podría esperar a que sonara el despertador…. Bueno, ya daba igual. No iba a dormirse de nuevo, y lo único que conseguiría quedándose allí era aumentar su pereza. Bostezó, y se puso lentamente de pie. Todavía tenía la cabeza embotada.
Avanzó a tientas en la oscuridad y llegó hasta la ventana. Abrió lentamente la persiana, y un rayo de luz le llegó directamente a los ojos, deslumbrándole. Se quedó de pie, inmóvil, hasta que se recuperó y dejó de ver luces por todas partes. Miró el despertador. La pantalla estaba negra… Ya se había vuelto a estropear. Tendría que llevarlo a arreglar esa tarde… Como si no tuviera ya otras cosas que hacer. Miró su reloj. Este sí funcionaba. Las ocho de la mañana…. Ya le quedaba poco tiempo para irse. Había dormido demasiado. Le dolía un poco la cabeza. Volvió a bostezar… ¿Por qué se había levantado tan cansado esa mañana? No solía dormir mucho….
Comenzó a vestirse lentamente, con la misma ropa que llevara el día anterior y que había quedado arrugada en una silla. Cogió el móvil y lo encendió. No se encendía. ¿También se había estropeado? Si lo había cargado el día anterior…. Se lo guardó en el bolsillo, más por la costumbre que porque realmente le sirviera para algo, y se miró en el espejo. Tenía un aspecto horrible, pero acababa de levantarse. Se afeitaría y se iría. Ya desayunaría cualquier cosa por el camino. Tenía prisa.
Abrió la puerta… para golpearse dolorosamente la cabeza contra ella. Esto sí que debería haberlo despertado…. Empezaba bien el día. Volvió a coger el pomo, lo giró… y la puerta no se abría. Volvió a intentarlo un par de veces más, empujando cada vez más fuerte. Muy bien, ya hasta la puerta estaba rota. Cogió carrerilla, y se tiró fuertemente contra ella. Había calculado mal. El hombro le dolía terriblemente a causa del mal golpe y la puerta no daba muestras de querer abrirse. A este paso, iba a llegar tarde….
¿Y ahora qué? ¿Se ponía a gritar? ¿Pedía ayuda por la ventana? Joder… Sólo son las ocho de la mañana. Finalmente, se acercó a la ventana…. No se abría. Bueno, esto ya sí que era demasiado. Volvió a intentar abrirla, con el mismo resultado. Golpeó fuertemente la ventana, intentó abrirla por las bisagras, forzarla, romperla hacia fuera o hacia dentro, desengancharla… Ya estaba asustado. Sacó el móvil del bolsillo. Es verdad, estaba apagado. Volvió a intentar encenderlo, pero no funcionaba… Y además vivía sólo.
Ya asustado, comenzó a lanzar gritos de auxilio mientras cogía una figura de encima de su mesa, un adorno de una mujer de bronce en un pedestal de piedra, y lo lanzaba con todas sus fuerzas contra el cristal de la ventana. La figura rebotó y le cayó contra el pie. No cayó por un buen lado, y el dolor le avisó. Se quitó el zapato… Se había roto un dedo.
Ahora sí estaba desesperado. No podía salir. Comenzó a gritar, a golpear de nuevo la puerta y la ventana para romperlas… No podía salir, y nadie llegaba a ayudarle. Finalmente, se derrumbó exhausto en el suelo.
No sabía cuánto tiempo llevaba en esa posición cuando se levantó, y con total calma comenzó a mover lentamente los muebles de su habitación, buscando un agujero en la pared, un hueco, pequeño, algo… para poder pedir ayuda… Vivía solo… Nadie iba a oírlo así… Pero ya estaba desesperado. Habían llegado las vacaciones. Nadie se preocuparía por él o llamaría a la policía para que entraran en su casa hasta dentro de mucho tiempo.
Tras volcar y remover todos los muebles, no fue capaz de encontrar el más mínimo agujero. Buscó la rendija de la puerta… y descubrió que estaba totalmente sellada. Nadie la había sellado. Simplemente, era como si no hubiera puerta, estaba fija a todos sus lados, era como una parte más de la pared adornada con un pomo. Desesperado, comenzó a golpear las paredes con puños y patadas, llorando de impotencia, hasta que cayó al suelo, agotado, y con los nudillos sangrando, en carne viva. Agotado, se dejó caer en el suelo y se durmió.
Al despertar, se levantó y se sentó ante la ventana. No podía salir, ya lo había aceptado, y su desesperación era tal que estaba muy tranquilo, quieto, relajado… El dolor lo tenía por dentro. Para qué cansarse…
Le dolía todo, y comenzaba a tener hambre. Ya tenía agujetas… Se preguntaba cuánto tardarían en aparecer las consecuencias de su desesperación… Bien, ahí estaban las primeras. De pronto, se alzó y miró fijamente por la ventana. Le había parecido ver… Se fijó más detenidamente. Sí, había alguien asomado por una ventana del edificio de enfrente. Distinguía su cara perfectamente. Comenzó a gritar, a golpear la ventana, a moverse sin parar con la esperanza de que le vieran. Cada vez estaba más cansado. Le costaba moverse y pensar. Entonces, esa mujer miró hacia él. Sí, no había duda, le estaba mirando… Lo había conseguido. La indicó que necesitaba ayuda. Inmutable, ella se giró y salió con tranquilidad de su habitación, alejándose de él.
No podía ser. No le había visto. Estaba solo. Estaba encerrado. No iba a salir de allí. Sollozando, se tumbó en el suelo de nuevo para dormir. Estaba tan cansado….
Se despertó, y le costó recordar dónde estaba. Cuando lo recordó, el peso inexorable de la realidad cayó como una maza sobre él, noqueándole. Le costaba moverse, le costaba pensar, y respiraba con dificultad. Por si fuera poco, no sabía dónde estaba su reloj entre el desastre de su habitación. Debía de haberlo perdido al destrozarlo todo. Ya no quería buscarlo.
Con un terrible dolor de cabeza, se levantó. Le dolía todo el cuerpo. Tenía una sed terrible, y el estómago le enviaba fortísimas oleadas de dolor. De pronto vio algo nuevo. Había alguien con él en la habitación. Se parecía sorprendentemente a él. Aliviado, cogió una silla para sentarse frente a él mientras su compañero hacía lo propio. Ninguno habló. Se quedaron sentados, mirándose, durante un rato.
Cuando quiso hablar, su interlocutor pareció impacientarse y abrió la boca también, por lo que él se calló. Su compañero tampoco habló. Y entonces se dio cuenta. Estaba sentado frente al espejo, y su interlocutor era su propio reflejo. Triste, destrozado, con dolor de cabeza, y un terrible cansancio, ¿qué más daba?
Comenzó a hablar con él, porque estaba solo y necesitaba hablar con alguien. No sabía de lo que hablaban, pero le daba igual. Tenía compañía. Él hablaba, y su compañero le respondía. Ya se sentía mejor.
Seguía sentado frente a su compañero, ahora hablando, ahora mirándose. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, en esa situación. Estaba anocheciendo. No recordaba la conversación. Tal vez hubiera anochecido y amanecido más veces, y él no se había dado cuenta.
La cabeza le ardía, tenía sed, pero el hambre iba desapareciendo. Le dolía todo el cuerpo, y casi no podía moverse. Desde hacía un tiempo ya casi no podía pensar, pero seguía hablando. Así se sentía mejor. Le latía la cabeza, fuertemente. Las imágenes le confundían. Veía doble. Estaba cansado, muy cansado. Le costaba respirar, jadeaba, cada inspiración era una punzada de dolor.
Y entonces se dio cuenta. Se estaba ahogando. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero ya se estaba quedando sin aire. Iba a morir…. Con una sonrisa, comenzó a relatar a su compañero la historia de su vida mientras un sopor muy agradable le iba sumiendo en un dulce sueño. Cada vez le dolía menos. Su compañero escuchaba atentamente….
Aquí os dejo un nuevo relato. Dejadme un comentario si os gusta.
El bosque se encontraba en silencio. Ningún ruido perturbaba una tranquilidad que resultaba inquietante en la oscuridad de la noche. De repente, una figura humana atravesó corriendo los árboles. Esquivaba las ramas con agilidad felina y corría a una velocidad sobrehumana.
Miedo. Era lo único que sentía en aquél momento, lo que lo impulsaba a correr sin desfallecer. Las numerosas heridas, lacerantes, punzantes, que sufría por todo su cuerpo no importaban, la sangre manaba de ellas y los músculos le ardían hasta el punto de que cada paso era una puñalada de dolor. Pero no importaba, porque dentro de poco todo acabaría. Todo estaba perdido, y estaba arriesgando estúpidamente su vida en un último intento de que el único objetivo que había guiado toda su vida no desapareciera como todo lo demás. Era lo único que le quedaba, lo único que importaba.
Corría veloz, sin ningún ruido, al igual que las numerosas sombras de figuras irreconocibles que se movían a su alrededor. Era el fin. No importaban todos los golpes que iba recibiendo mientras avanzaba, no importaba el dolor, y el miedo ya no era un obstáculo. Estaba muerto, y lo sabía. Nadie iba a ayudarlo, y lo sabía. La única pregunta era cuándo moriría. Pero eso ya no importaba.
Vio una luz a lo lejos, entre los árboles. Ya estaba cerca, podía conseguirlo, sólo un último esfuerzo.... El miedo lo atenazó un poco más, lo suficiente como para perder por fin el control, y acelerar aún más en su carrera, casi a ras del suelo esta vez, y con un rugido ensordecedor.
Llegó por fin al claro del bosque donde se encontraba la pequeña capilla, por cuya puerta entreabierta escapaba una tenue luz. Las sombras se quedaron entre los árboles, mientras la oscura figura, ya andando con asombrosa calma bajo la luz de la luna, se encaminaba al umbral de la puerta. La puerta colgaba desenganchada de sus goznes, y en el interior de la capilla, una figura iluminada por la luz de unas velas le daba la espalda, envuelta en negras vestiduras, mientras alzaba una figura femenina frente a un altar.
La figura depositó suavemente el cuerpo en el altar, y se giró. Y entonces el recién llegado pudo verse a sí mismo como reflejado en un espejo. Había estado a punto de perderlo todo. Y había sido culpa suya, de él mismo. Pero ya no temía nada, sabía lo que debía hacer, y estaba dispuesto a hacerlo. Un acero brilló con un extraño tono azulado en su mano. En un fugaz movimiento, atravesó con la espada a su enemigo para desplomarse inmediatamente después en el suelo. La vida se extinguió de sus ojos.
El suelo y las paredes se hallaban totalmente ensangrentados, y un par de bancos viejos y carcomidos por el paso del tiempo habían sido destruidos en la embestida mortal y suicida que había ocurrido. La luz de la luna entraba por las vidrieras, iluminando tenuemente la pequeña estancia. La mujer se levantó, y se alzó entre los cadáveres de los hombres que yacían en el suelo. Lentamente, salió de la capilla y se internó en el bosque, donde fue recibida por las sombras que habitaban en él. Juntas, se alejaron en silencio para no volver a ser vistas nunca más.
Hola. Acabo de abrir mi blog y he pensado en transcribir un pequeño relato en el que llevaba pensando un tiempo. El relato no tiene ningún significado concreto, tan sólo el que vosotros podáis darle. Espero que os guste.
Un hombre camina por un sendero. El sendero no tiene unos bordes delimitados, ni siquiera sigue una ruta concreta. Continuamente se entrecruza con otros senderos ajenos a él, avanzando paralelos unas veces, otras cruzándose, y separándose para volver a acercarse más adelante, o para no volver a cruzarse nunca más. El viajero, sorprendentemente, nunca duda por dónde avanzar, aunque los caminos se confundan y difuminen entre la maleza, él nunca se detiene, siempre avanza, aun cuando parece haber equivocado la ruta, siempre parece saber por dónde continuar. Casi pareciera que fuera creando él su propio sendero. Nunca mira hacia atrás, nunca da media vuelta, sólo avanza, por duro que sea el camino.
Ya no recuerda cuánto tiempo lleva caminando, no sabe dónde comenzó su camino y desconoce hacia dónde se dirige. Por la noche se detiene a descansar, sólo para levantarse de nuevo con los primeros rayos de sol y continua su andar, incansable. No se detiene ante las adversidades o los ataques del clima, avanza como si tuviera necesidad de llegar al final de su camino. No recuerda ninguno de sus sueños, no tiene objetivos, no sabe por qué camina, sólo avanza, tal vez porque es fácil, sólo caminar, avanzar, sin detenerse, sin desfallecer, sin metas.... Ya no recuerda por qué camina, sabe que una vez lo supo, pero ya no lo recuerda, y no tiene sentido tratar de recordarlo.... O tal vez nunca lo supo de verdad.
Durante su vagar por el sendero, el viajero ascendía duras pendientes, descendía por relajantes hondonadas, y avanzaba por llanuras, incansable. Durante su viaje recibía numerosas heridas de los obstáculos del camino, de modo que se construyó una armadura que le protegiera de los daños. Lleva tanto tiempo con ella que ya no la siente, ya no le pesa, ni siquiera recuerda que la lleva puesta.
Cada cierto tiempo se cruza con sombras que caminan por otros senderos. Habla con ellas, las escucha, pero no consigue encontrar sentido completo a lo que dicen. Algunas son amables, otras parecen querer herirle. Pero la armadura le protege, y no quiere caminar solo, por lo que acepta su compañía, y camina junto a ellas. Pero invariablemente, las figuras se separan de él, y unas veces regresan, pero otras no, y ninguna se queda demasiado tiempo. El viajero se pregunta por qué serán tan etéreas, tan incorpóreas, tan fugaces.
Un día, el viajero se cruzó con una deslumbrante luz que comenzó a caminar a su lado. Esa luminosidad hería sus ojos a través de la visera de su armadura, pero descubrió, sorprendido, que no quería que la luz desapareciera. Comenzaron a vagar juntos, hasta que la luz se acercó y tocó su armadura. La armadura se resquebrajó, hiriéndole, clavándose en su carne. El viajero gritó de dolor, y durante el resto del día caminó en silencio, aguantando el sufrimiento y el dolor. Por la noche, el viajero se desprendió de los trozos rotos de armadura, mientras la luz se mantenía apartada de él, en un gesto que parecía... ¿arrepentimiento, remordimientos?
Por la mañana, la luz había desaparecido. El viajero la buscó, y al no encontrarla hizo lo único que podía hacer, lo único que sabía, lo único que había aprendido en toda su vida... caminar. Descubrió que ahora sentía la brisa que soplaba por la mañana, ahora sentía dolor al chocar con las piedras del camino, y recordó cómo se escogían los mejores senderos para evitar las heridas. Pero a la vez, notaba todas las pequeñas satisfacciones del camino, que ya había olvidado. Ya no se cruzaba con ninguna sombra, o tal vez no las prestaba atención, queriendo encontrar la luz. Se sentía incómodo con su armadura destrozada. Había intentado quitársela, pero no podía, necesitaba la ayuda de la luz.
Mucho tiempo después, al cruzar un bosque oscuro y tenebroso, el viajero comenzó a dudar de haberse equivocado de camino. Se dio media vuelta, y la luz reapareció, y el viajero pudo cesar en su búsqueda. Y supo que no la había encontrado, que ella siempre había caminado tras él, esperando a que se volviera. En ese momento, la luz se acercó a él y le tocó. Con un gran dolor, la armadura terminó de romperse.
El impacto fue demasiado fuerte. El viajero comenzó a caer al suelo. Ahora era vulnerable. Ahora era feliz. Cuando llegó al suelo, ya estaba muerto. La luz se giró hacia adelante. El camino había terminado, el viajero, obsesionado con encontrar la luz, no se había dado cuenta. La luz se alejó por el camino, de vuelta, dejando el cadáver del viajero en el suelo. La oscuridad cubrió el bosque, difuminando el sendero, y el viajero quedó rodeado por una extraña aureola luminosa. La luz no regresó nunca. Ninguna sombra descubrió nunca ese lugar. El viajero nunca se levantó.
En el fondo de su mente, seguía vivo. Ahora era feliz, ahora lo comprendía todo, ahora descansaba por fin. Había llegado... Finis Terra. Sabía ya el porqué de su caminar, cuál fue su gran error. Un sólo pensamiento lo llenó, para siempre, en una existencia inmóvil y eterna. No lo entendía bien. Tal vez podría ser... ¿gratitud?